VLASTIMIL HOST: CABALLERO DEL TABLERO (Jorge Aguadero – PDR 144)

(Sebastián Arias)

Vlastimil Hort es una persona especial, que domina ocho idiomas y entiende un noveno. De él suele  destacarse su deportividad ejemplar: cedió, en un Torneo de Candidatos, sus días de descanso a su rival —Spassky— para que este tuviese tiempo de recuperarse de unas dolencias, resultando que el soviético ganó el encuentro y, poco después, la corona mundial. Hombre de aspecto robusto, pulcro, elegante y afectuoso, Vlastimil es, en palabras de Leontxo García, “el último buen amigo que le quedó a Bobby Fischer”.

¿Cómo descubriste el ajedrez?

Fue en el hospital, durante una angustiosa dolencia de riñón, a los cinco años. Pero esos meses fui muy afortunado, pues el médico que me atendía, el doctor Novak, que acabó en la cárcel por huir del horror de la guerra a Suiza, me contagió de la fiebre del juego-ciencia. Era jugador por correspondencia, analizábamos sus partidas.

Cuando me recuperé de la enfermedad, contra todo pronóstico, pedí a mi madre que encontrase a alguien que quisiese jugar al ajedrez conmigo.

Deduzco que encontraste a ese rival.

Sí, un vecino; un hombre mayor. Aunque puso una condición: antes de jugar al ajedrez había que cazar conejos.

¿Cuándo se empezó a manifestar tu talento?

Yo nunca fui un niño prodigio. No pienses en mí como en una Polgar, un Reshevsky o un Capablanca. Me pasaba el día jugando al fútbol. Era un niño de calle. Tras la invasión rusa de Checoslovaquia, en agosto del 68, me hallé ante la disyuntiva de qué camino tomar: ¿debía ser un colaboracionista y llevar una vida sumisa con una profesión “normal” o tenía que plantar cara al invasor tomando un camino diferente? Comprendí que ser ajedrecista me permitiría vivir con un mayor grado de libertad personal.

¿Eras ya jugador titulado?

¡Oh, sí! Era Gran Maestro.

¿Te complicó las cosas para formar una familia?

Mucho, pero lo resolví siendo sincero. A mis novias les decía: «He de ser honesto. No eres la primera. En mi vida hay dos mujeres más importantes que tú: la dama blanca y la dama negra». Por lo que, a todos los efectos, estaba casado tres veces.

¿Qué opinaban en casa de que te quisieses dedicar al ajedrez?

No hubo lugar para ese tipo de conversación, era mi vida y estaba decidido.

¿Te esforzaste mucho?

Estudiaba a tiempo completo. Mejoré mi elo tanto como estudié.

¿Cómo fue tu llegada a Alemania?

¡Uf! Fue muy complicada —reconoció con la voz tomada por un Vlastimil que yo no conocía—. Entre otras cosas fui condenado a dos años y medio de prisión en Checoslovaquia: uno por salir del territorio sin permiso, como Lubomir Kavalek, y año y medio por desacato del sistema de Estado. Sabía que  probablemente no volvería a ver a mi familia, pero tenía que sobrevivir.

¿Tuviste contacto con la política en Alemania?

Nunca me involucré en temas políticos, pues quería volver algún día a Checoslovaquia.

¿Quién fue el primer Gran Maestro que conociste?

Quizás Ludek Pachman. Hizo mucho por la teoría ajedrecística, aunque Bent Larsen siempre se reía de sus esfuerzos tratando de buscar las jugadas únicas para sus libros —Hort recordó vivencias de un pasado remoto—. Algunos son excelentes, como el del Gambito de Dama, del que aprendí mucho; otros son horribles, como el de la Benoni, plagado de errores. Sus libros de estrategia, aún hoy, son maravillosos, muy buenos.

Pachman era muy trabajador. Tanto, que en las Olimpíadas nadie quería ir compartir habitación con él en el hotel, pues se pasaba las noches preparando las partidas. En su juventud fue un furioso comunista, llegando a escribir en uno de sus artículos, en un diario «Voy a ir a Cuba con mi viejo revólver a luchar contra los americanos», en favor de Fidel Castro. Pero, tras 1968, su opinión cambió radicalmente, como si hubiese comido la manzana de la Biblia.

Recuerdo haber leído que fue torturado salvajemente por las autoridades de Praga.

Hasta casi la muerte.

¿Cómo era Bent Larsen?

Era un hombre excelente —manifestó Vlastimil, mostrando su franca admiración por el desaparecido Gran Maestro danés—. Era muy amable. Educadísimo. Un sincero amante del ajedrez.

¿Llegasteis a hablar sobre su derrota con Bobby Fischer en el Candidatos?

No le gustaba nada hablar de eso. Ten en cuenta que fue el hecho que truncó su carrera. Era un hombre que aceptaba muy bien la derrota, con gran entereza, pero aquello fue terrible para él. En aquella época Fischer ganaba a todo el mundo. Recuerda, por ejemplo, lo que le pasó a Taimanov. Y los problemas que tuvo con el poder soviético. Muchos problemas. No aceptaban que Fischer fuese tan fuerte y no perdonaron a Taimanov que perdiese. Si quieres saber más de esa época deberías leer “The KGB plays chess”, de Boris Gulko quien, además de brillante ajedrecista, es profesor de Literatura en una universidad americana. Es un libro imprescindible. Los dos últimos capítulos están escritos por dos oficiales soviéticos que escaparon del país y que, actualmente, viven en Canadá.

Cuando empezaste a jugar torneos internacionales, ¿la escena estaba dominada por los jugadores rusos? ¿Estabas enemistado con ellos por la guerra?

No solo por ellos. Bent Larsen, Lajos Portisch, y un poco Svetozar Gligoric y yo, formábamos un bloque antirruso. Y, desde luego, Bobby Fischer. Yo notaba que al principio no caía simpático, porque rechazaba que me hablasen en ruso. Ellos me hablaban en inglés. Incluso, hoy en día, no me gusta que me hablen en ruso. Pero fueron muy educados y comprensivos conmigo. De hecho, hice buena amistad con muchos rusos.

¿Por ejemplo?

Tal, Keres —probablemente, el mejor de ellos—, Petrosian, … Pero Tal…

¿Qué pasa con Tal?

Que era bueno. Tan dotado intelectualmente… Un artista del tablero. Tuve la alegría de visitarle en Alemania poco antes de su muerte. Había pasado por una situación económica penosa, pues no tenía dinero ni para comprarse cigarrillos. Pero, por fortuna, encontró un patrocinador germano. En Alemania se sintió muy afortunado. Su hija, por ejemplo, es una excelente pianista, formada en el conservatorio de Colonia.

¿Cómo era Bobby Fischer? ¿Hablabas con él sobre sus rivales?

En mi opinión ha sido el más grande de todos los tiempos. En cuanto a las opiniones sobre los rivales… Fischer era Fischer. Decía que los soviéticos jugaban en equipo contra él.

¿Compartes esa opinión?

¡Desde luego! Y eso influyó, de manera notable, en la paranoia que desarrolló. Cada vez estaba más enfermo.

¿Qué le gustaba comer?

Bobby desayunaba 200 g. de carne en filetes. También bebía leche fría. En grandes cantidades. Como era joven y hacía deporte, necesitaba una alimentación potente.

¿Le gustaba mucho el deporte?

Era un entusiasta del fútbol americano por televisión. Más, en verdad, su verdadera pasión fuera del ajedrez era la música de los Bee Gees. ¡Lo sabía todo, sobre los Bee Gees! También le gustaban los Beatles, pero no tanto. En cambio, odiaba el golf. Le horrorizaba que los golfistas más conocidos ganasen tanto dinero con un deporte que, a su juicio, era solo para las capas más elevadas de la sociedad. Es que Bobby prefería a la gente común, no a los ricos.

¿Queréis saber una cosa? Le tentaron muchas veces para que hiciese anuncios publicitarios. Y, ¿sabéis cuál era su respuesta?: «Yo no soy un animal de exposición. Soy ajedrecista. Hago mis jugadas, págame». Era un hombre de principios. Fue notorio su desencuentro en televisión con el nadador Mark Spitz, al que le dijo: «Tú has vendido tus medallas por dinero; yo, no». En cambio, aceptó la oferta de Ferdinand Marcos, el presidente de Filipinas, por medio de Florencio Campomanes, de 100.000 dólares por hablar media hora sobre ajedrez con él. «No por jugar», remarcó Bobby. Y, por lo que me dijo, luego hablaron media hora más, pero no sé si se la cobró. Bastantes ricos en aquella época intentaron que Bobby jugase con ellos.

Un hotel de Las Vegas ofreció a Bobby un millón de dólares de la época, que era una cantidad astronómica de dinero, para que se alojase allí, un mes, jugando al ajedrez. Él, por supuesto, lo rechazó.

¿Por qué?

Porque los periodistas no podían hacer fotografías pasados los primeros minutos de las partidas. ¡Me pregunto si hoy, con la “tolerancia 0” para los retrasos de los competidores, la FIDE dejaría jugar al ajedrez a Bobby Fischer!

¿Qué opinión te merecía Mijail Botvínnik?

Botvínnik… Era una persona… No me gustaba… Te diré un secreto. Botvinnik señaló a Paul Keres ante Stalin, y eso puso a Keres en peligro, ¿sabes?

Uf…

Dijo que colaboraba con los alemanes cuando Checoslovaquia fue ocupada. ¿Sabes por qué? Porque el estonio Keres jugó unas simultáneas en compañía de Alekhine y del viejo maestro checo Karel Opochensky, una figura muy interesante, el primer profesional de Checoslovaquia.

Me dejas de piedra con lo de Botvinnik,

Pues en el año 45 o 46, Botvinnik tuvo que suplicar a Stalin que no ejecutase a Keres, que estaba en grave peligro. Supongo que vio que el asunto se le había ido de las manos. Ten en cuenta que Stalin hizo ejecutar a mucha gente, mandarlos a gulags, … Y la anexión de Estonia a la Unión Soviética había sido delicada. Su primera respuesta fue: «La orden ya está dada».

¿Y qué pasó después?

Hay dos partidas en su encuentro por el título muy extrañas. Ganadas por Botvinnik, que se coronó campeón del mundo. ¿Te digo una cosa? En el año 75, cuando Keres ganó su último torneo, en Tallin, me invitó a su casa, una gran villa. Estuvimos hablando esa noche hasta las tres de la madrugada, bebiendo mucho whisky. Le pregunté abiertamente sobre este episodio y Keres no quiso decir ni una palabra. «Omertá», me dijo. Si quieres saber más sobre el carácter de Botvinnik te recomiendo leer los escritos de David Bronstein. Especialmente, una anécdota en la que Botvinnik tiene miedo de ser traicionado por su segundo, Salo Flohr. ¡No se fiaba de nadie!

Pues Botvínnik tenía en Occidente fama de patriarca, de hombre sabio, de…

No, no, no, …. Esa era otra persona, lo siento.

Se decía que los rusos de aquella época eran un bloque ideológico sólido. ¿Estás de acuerdo con esa apreciación?

No, en absoluto. Cada cual iba a lo suyo. Además, eran muy diferentes entre ellos. Por ejemplo, Botvinnik era estalinista. ¡Le gustaba mucho Stalin! A otros, no.

¿Qué nos dirías de Borís Spassky?

Spassky, Spassky, … Es difícil decirlo. Daba la impresión de no estar muy interesado en el ajedrez, como si le interesara más el dinero. Por cierto, os contaré algo curioso: Spassky solía decir, muy en serio, que no se creía que la muerte de Alekhine fuese por causas naturales. Decía que había sido asesinado. También aseguraba haber tenido documentos que lo demostraban.

¿Cómo te entrenaste para el Candidatos?

Trabajando por las noches. Cuando me preparé contra Spassky analicé, por lo menos, mil partidas suyas, sin ayuda. En el Interzonal de Manila me había clasificado con facilidad. Fue mi momento, mi mejor ajedrez; raramente perdía. Pero nunca estuve en lo más alto, como Fischer o Korchnoi. Eran mejores que yo, pero hice lo que pude. Eso es todo.

¿Qué sensaciones tuviste en ese encuentro?

De absoluta normalidad. Nunca me fijé en los rivales, ya que has de prestar atención exclusivamente, a la posición. Y esa es una de las bellezas del ajedrez pues si le mostrabas la misma posición a Petrosian o a Spassky ambos te ofrecían distintos movimientos. ¿Cuál es la mejor jugada? Nadie lo sabe.

¿Los jugadores rusos de tu época hablaban con los demás sobre sus problemas con el KGB?

¡Jamás! ¡Omertá! ¡Omertá! Verás, en aquella época el KGB tenía una enorme influencia en la FIDE. Pagaba mucho dinero. Tenían informadores, como Yuri Averbakh, quien, en cierta ocasión me dijo que, de no hacerlo, “habría sido ejecutado por Stalin, como Kirilenko”. Eran tiempos duros. Había miedo. En el libro sobre el Torneo de Moscú del año 36, por ejemplo, Kirilenko había escrito una introducción que fue ordenada arrancar de los ejemplares que había en la Unión Soviética tras su ejecución. Una pequeña y encantadora historia, como podrás imaginar.

Entonces, ¿Averbakh odiaba trabajar para el KGB?

No lo sé, pero tenía que estar en contacto con ellos, ¿comprendes? No podía elegir.

¿Cómo era jugar con Korchnói?

Te voy a decir una cosa. Korchnoi y Kasparov eran los peores en la derrota. Ellos no podían perder. Siempre trataban de poner una excusa cuando las cosas no les iban bien. ¡Korchnoi era un tremendo mal perdedor! Por otro lado, para comprenderle bien hay que tener en cuenta su situación personal, su infatigable lucha contra el imperio soviético y contra Baturinski, que espero que estuviese muy solo cuando murió. Cuando Sosonko, en una muy interesante entrevista, le preguntó cuántas penas de muerte había firmado, Baturinski respondió: «Si yo no lo hubiese hecho, lo habría hecho otro».

¿Qué opinión te merece Lev Polugayevski?

¿Sabes esas personas que llevan agua a los ciclistas en las carreras? Me parece una buena analogía de su relación con Karpov. De manera activa.

¿Y Vasili Smyslov?

Era una persona encantadora. Y, además, afortunado, pues su esposa era sobrina de un político de alto rango y eso le facilitó tener pasaporte sin pasar por trámites burocráticos. Era, como te digo, un hombre maravilloso. ¡Y qué bien cantaba!

Si te encontraras en una isla desierta y tuvieras que jugar con un ajedrecista hasta el final de los días, ¿a quién elegirías?

¡Es una pregunta terrible! Déjame pensar… Elegiría tener compañía femenina.

¿Cuál es tu opinión sobre los gambitos?

Hay gambitos y gambitos. Las cosas han cambiado mucho, especialmente para mí, pues soy un hombre libre y puedo entrar de lleno en las complicaciones. Antes, tenía que apoyar a mis padres y a mi hijo, que estaban en Checoslovaquia; hoy, la élite solo sacrifica un peón si hay algo concreto.

¿Qué te parece el ajedrez de la nueva generación?

Es un ajedrez computarizado. En mi generación nunca habríamos imaginado que hoy todo sería apertura, preparación. Está claro que juegan mejor las aperturas pero no pienso que sean especialmente buenos cuando se trata de desarrollar el pensamiento profundo.

¿Qué valoración haces de los clásicos?

Cada tiempo tiene sus campeones. Paul Morphy, por ejemplo, fue excelente. Diría que mi preferido es Harry Nelson Pillsbury. ¡Me fascinan sus partidas! Sus partidas a la ciega, sin ir más lejos, fueron increíbles. Estos chicos, Morphy y Pillsbury, que nos dejaron tan pronto, fueron meteoros imbatibles. En mi opinión, toda publicación de ajedrez debería tener una sección dedicada a los clásicos.

¿Prefieres los caballos o los alfiles?

Es una cuestión muy interesante. En Alemania, por ejemplo, prefieren los caballos, pues es una misión terrible tratar de controlarlos en el tablero. Especialmente, jugando a ciegas. Pero va por gustos. Alekhine, por ejemplo, se negaba a continuar analizando cuando se quedaba con la pareja de alfiles. ¡Le obsesionaba la fuerza de estos!

La relación entre los caballos y los alfiles es un dilema perpetuo, en mi opinión.

× ¿Cómo puedo ayudarte?