ÓSCAR PANNO, LEYENDA VIVA DEL AJEDREZ MUNDIAL

(CARLOS A. ILARDO PARA PDR 147) – Sebastián Arias

Oscar Panno, ingeniero civil de profesión y ajedrecista por convicción, es el Gran Maestro más longevo de Argentina, una de las grandes leyendas del milenario juego; el primer campeón mundial juvenil del continente americano y el último bronce del historial del ajedrez argentino.

Dos, casi tres de la tarde de un sábado cualquiera en Buenos Aires. En el coqueto barrio porteño de Belgrano, donde sobresalen las construcciones de casas bajas, tipo chalés de dos plantas, la rutinaria escenografía solo se ve alterada por una mole de cemento que se levanta sobre una de las arterias principales, la Avenida Figueroa Alcorta, y de espalda al Río de la Plata. Allí se erige el estadio de fútbol del Club River Plate. Junto a la puerta de ingreso y soportando los rayos del sol de verano, sobre la vereda está ese hombre octogenario, de cabellera escasa y platinada por la ceniza de los años, de figura aún robusta, aunque su humanidad se sostiene en un endeble bastón. Desde 1973, que Oscar Roberto Panno transmite puntual y semanalmente sus enseñanzas para los socios de ese club, el equipo de su corazón futbolero. Por eso acordamos que ese sea el punto del encuentro.

Cuando me acerco no me escruta como a un rival —por cortesía; nunca podría haber sido su contrincante, ni siquiera con el hándicap de jugarme una partida a la ciega—, pero la mirada de sus ojos claros conserva una cordialidad impiadosa. El paso del maestro Panno es el de un monarca emérito; su amabilidad, la falta de prisa, atestiguan que, si bien el ajedrez no permaneció del todo ajeno a los embates de los tiempos modernos de la aceleración e inmediatez, sus fieles mejor dotados aún conservan un aura difícil de extinguir. Por eso responde con paciencia, y su voz, grave y resquebrajada, tiene el don de la persuasión con cada palabra. Convence con fe de predicador.

Buenas tardes, Óscar, se trata de una entrevista para la revista española “Peón de Rey”, del maestro Miguel Illescas.

Illescas, Illescas, sí; jugamos solo dos veces. Una en una Olimpiada en Dubai, y la última, en Buenos Aires, en uno de los magistrales Najdorf.

(Aunque no consigo salir de mi asombro por su impecable memoria; solo me atrevo a seguirle la charla). Exacto, el maestro español aún recuerda que usted lo venció tras una linda partida.

Bueno, le agradezco, pero él no mereció perder ese día. Había quedado bien después de la apertura y durante el medio juego hubo algo raro que hizo que yo terminara ganando. Eso sucede cuando uno combina para el otro (risas). Pero estoy seguro de que no merecía perder.

También usted se enfrentó con Pomar —con score favorable de dos victorias y tres empates—, otra gran figura del ajedrez de España. ¿Cómo era Arturo?

Indudablemente fue otro de los niños prodigio que dio este juego. Tuvo gran repercusión cuando logró tablas ante Alekhine, pero después se fue quedando poco a poco, y comparado con el nivel internacional su juego no era rival para los rusos o yugoslavos. Era el mejor español, prometía un gran futuro, pero no todos los prodigios crecen al mismo ritmo. Tal vez uno de los mejores de la historia haya sido Reshevsky, que daba simultáneas de chico y llegó a un nivel de grande.

¿Era débil el ajedrez español en la segunda mitad del siglo XX?

Hubo varias figuras, Calvo, Medina, Torán, Díez del Corral, Bellón, …, pero nunca España tuvo un ajedrez temible a la altura de los rusos, yugoslavos o húngaros. Tenían un nivel interesante y todos fueron buenos representantes en las grandes competiciones.

Nunca se vio tentado por trasladarse a España para vivir del ajedrez.

En verdad no se me pasó nunca por la cabeza. Es que irme de mi país, para transformarme en profesional del ajedrez, sin familia ni amigos, y llevar una vida nómada como en algún tiempo hicieron jugadores como Pilnik o Quinteros no estaba en mi mente. Yo estudié y me licencié de ingeniero, y quería trabajar en mi país. Para poder dedicarme al ajedrez tuve que aprender a repartir mi tiempo para llevar adelante las dos carreras.

Esta revista no es solo para los maestros, también muchos aficionados se acercan a su lectura para dar sus primeros pasos. ¿Tiene alguna sugerencia para los que comienzan a jugar al ajedrez?

No me atrevería a sugerir un abecé sobre los pasos a dar. Habría que analizar cómo se balancea la información de las computadoras y la investigación personal. Yo no soy un experto con el ordenador, y hoy saber utilizar una máquina es muy importante. Hace algunos años Anand era imbatible en la modalidad de “Advanced Chess” o “Ajedrez del Futuro” que se realizaba en León, No solo Anand era (es) un enorme jugador sino que además era el que mejor manejaba un ordenador.

Pero saliendo de cómo trabajar con los programas, los aficionados deben entender que uno de los primeros pasos es aprender a conducir los finales elementales, con pocas piezas sobre el tablero. El chico o el aficionado de poca experiencia se acostumbrará a ver con más facilidad las amenazas con cada uno de los movimientos. Con un tablero lleno de piezas le será mucho más difícil identificarlas.

Maestro, en un par de semanas usted cumplirá 85 años —año 2020—, la mayoría de ellos dedicados al ajedrez. ¿Cuál es su balance sobre su relación con el juego? ¿Le ha dado más que lo recibido?

Los ajedrecistas argentinos tuvimos siempre una gran limitación. Cuando empecé estábamos lejos de los centros de Europa. Teníamos un ajedrez amateur, aunque era muy bueno, tal y como se comprobó en las primeras Olimpiadas después de la II Guerra Mundial, en la década de los cincuenta.

Tuvimos una escuela muy buena, por aquello de que en el año 39 muchos jugadores extranjeros se quedaron en el país. Por eso conseguimos tres subcampeonatos olímpicos.

Pero cuando el mundo se desarrolló nosotros empezamos a retroceder. Sin embargo, se formó una gran base y sólida. No tengo dudas de que Brasil puede ser un duro rival en un match a 4 o 5 tableros, pero si lo jugáramos a 50, le ganaríamos ampliamente. Lo mismo con Chile, que en un momento dado contó con un puñado de buenos jugadores como Letelier, Cifuentes, Morovic o Vázquez, pero nada más.

En cuanto a mi balance hay que tener en cuenta que si uno tiene una profesión te ves obligado a que el ajedrez sea un complemento, una carrera amateur, porque uno necesita trabajar para vivir. Y así es muy difícil, es que la Argentina es un país difícil. Uno estudia, se prepara y llega a ser ingeniero, y de pronto un día llega un ministro de Economía y las medidas que emplea te llevan a la ruina, a la quiebra. No sé lo que hubiera pasado si

le hubiese dedicado todo mi tiempo al ajedrez. Le di mucho, dejé muchas cosas de lado, pero todo lo que hice se debió a que tuve un socio que se ocupaba de la empresa para que yo pudiera viajar a competir al exterior. Si hubiera estado solo todo habría sido más difícil.

Antes de recorrer su carrera nos contaría sus gustos sobre los campeones mundiales o los mejores jugadores de la historia. Existe gran coincidencia entre los aficionados cuando seleccionan un puñado de ellos. ¿Usted tiene su candidato?

Cada campeón mundial o gran jugador tuvo su característica particular. De los antiguos hay que rescatar su talento, empezando por Steinitz. En mis clases les enseño a mis alumnos algunos de sus modelos y les aclaro: tengamos en cuenta que él no los leyó antes. Somos nosotros los que lo leemos a Steinitz.

Alekhine fue un trabajador formidable. Rubinstein, un gran jugador que la I Guerra Mundial frenó en el mejor momento de su carrera. Capablanca tuvo un gran problema: tenía mucho talento y era fiaca —falto de voluntad, entusiasmo o energía para hacer algo—. No trabajó como debía.

Acá en Argentina tuvimos a Hugo Spangenberg, que pudo ser un portento, pero a él le alcanzaba con tomar decisiones sin estudiar o investigar y se quedó a mitad de camino por su falta de voluntad al trabajo.

De Mikhail Tal, qué puedo decir… Fue un extraterrestre. Su modo de calcular y la dinámica de su juego fueron extraordinarias. Fue un genio de los que surge uno de vez en cuando.

Karpov fue un técnico formidable. Pero para mí, el más completo fue Kasparov, por talento, capacidad y además porque contó con el respaldo de la escuela soviética. Él estudió con los mejores profesores, con los especialistas de cada línea de cada apertura o defensa. Su predisposición al trabajo, su toma de decisiones, su memoria y su visión del juego me llevan a ubicarlo como el mejor de la historia. ¿Por encima de Fischer? Creo que sí. Lo de Bobby fue muy meritorio porque se hizo solo, y eso eleva mucho más su figura, pero objetivamente, Kasparov fue superior.

No mencionó a Carlsen.

Hay que esperar. Aún no ha terminado su carrera. Su estilo es interesante, y es indiscutido n º1. Tiene algunos baches, pero es lógico; es humano. Lo veo con una técnica cercana a Karpov con algunos toques de Korchnoi, maneja la entrega de material para no perder la iniciativa. Karpov no hacía eso, pero Magnus sí.

¿Y Najdorf?

Fue un fenómeno; el mejor jugador de Argentina. Cuando me metí en el ruedo me convertí en su grano. Se presionaba psicológicamente; él era su propio enemigo. Aunque tenía mayor categoría y experiencia le gané de manera consecutiva las cuatro primeras partidas. Inverosímil. Después se repuso y casi igualó el score —Panno omite señalar que tras 27 partidas con Najdorf él sigue adelante en el balance por 6 victorias a 5—. El viejo fue un enorme jugador. Había que ser Gran Maestro para entender a Najdorf y saber sacar provecho de sus enseñanzas. No daba consejos; él opinaba. La vida lo había golpeado y él había aprendido rápido. Sabía cómo se movía el mundo.

¿Qué recuerdos tiene del Mundial del 53?

En primer lugar, el viaje. Fue una odisea de más de 36 horas montado en un avión de Aerolíneas Argentinas, un DC6 a 4 motores y hélice.

Pero el peor recuerdo fue la comida. Me cambiaron los bifés por pepinos (risas). En cambio, lo mejor fue el paisaje, al que descubrí cuando terminó el torneo. Es que ni siquiera me había dado cuenta de que la plaza ubicada frente al hotel tenía un lago con cisnes y enormes arboledas. Lo recorría cada mañana junto a Bolbochán, que me acompañó como entrenador, mientras mentalmente repasábamos las variantes que utilizaríamos en las partidas de la tarde. Fue una enorme sorpresa cuando terminó el torneo y, ya distendido, descubrí los colores del paisaje.

SUS PRIMEROS PASOS

El 17 de marzo de 1935 el pequeño Oscar Roberto llegó al humilde hogar que Sara Díaz y Francisco Panno levantaron en el barrio de Saavedra de Buenos Aires. Era el segundo varón después de César y antes de Marta, su única hermana.

Tenía seis años cuando su papá le compró una serie de juegos de mesa para que se entretuviera en casa y no saliera tanto a la calle. Acaso el porfiado destino quiso que sus pequeñas manitas se cruzaran con una colección de la revista “Leoplán” guardadas en un viejo cajón, en la que el maestro Roberto Grau, en una sección llamada “Entre las Torres” enseñaba los rudimentos del juego.

Luego, a los 12, como consecuencia de una recomendación médica que le aconsejó la práctica de la natación, Oscar se acercó al Club River Plate. Una tarde de 1947, de camino a la piscina, se quedó embelesado frente al ventanal del aula de ajedrez. Se acercó, observó, sintió los bordes de esas figuras blancas y negras, y nunca más se alejó de ese entorno.

Aprendió con Alfredo Espósito, que sucedía en el cargo a Grau, fallecido en 1944, pero más tarde River designó a un nuevo profesor para la sala de ajedrez: el periodista y ajedrecista Julio Bolbochán. A partir de entonces, el alumno y el maestro trabaron una amistad que los acompañó el resto de sus vidas. En cinco años de intensos estudios, Bolbochán explotó lo mejor de su discípulo; le enseñó los secretos, a resolver problemas y a tomar mejores decisiones.

En 1953 el nombre de Oscar Panno revolucionó el ámbito severo donde se odian dos colores; sus conquistas fueron ecos de la prensa. Ese año ganó cinco títulos: los campeonatos argentinos Juvenil y Superior, el Magistral y el campeonato del Club Argentino de Ajedrez y se consagró Campeón Mundial Juvenil en Copenhague (Dinamarca). El primer ajedrecista sudamericano en tamaña hazaña.

El torneo se disputó entre el 3 y 21 de julio en los salones del diario danés Politiken. Panno fue uno de los ocho ajedrecistas, entre los veinte participantes, que accedió a la etapa final. En las rondas decisivas logró cuatro victorias —ante Ivkov, Olafsson, Sherwin y Larsen— y tres tablas —frente a Keller, Darga y Penrose—. Invicto, con 5,5 puntos sobre 7 posibles, fue declarado vencedor.

ETAPA ADULTA

Un año después, en 1954, se produjo su ingreso en la universidad en la carrera Ingeniería Civil. Enseguida comprendió que no sería fácil esa vida dual de ajedrez y estudios. Aguardó el llamado al servicio militar —en 1956— y le entregó dos años más al ajedrez.

A partir de 1958 se sumergió de lleno en su profesión y comenzó a pensar de a dos. Se casó con Guillermina Bink, una joven holandesa que conoció en el torneo de Amsterdam en 1956, y juntos regaron el romance con la llegada de tres hijos: Ernesto, Sergio y Ricardo.

En 1962 se licenció como Ingeniero Civil. Ejerció su profesión en una empresa constructora y trabajó en importantes proyectos que aún hoy están visibles en la ciudad de Buenos Aires. En tanto, mientras matizaba sus ratos libres como profesor en la cátedra de Ingeniería, levantó su propia empresa, dedicada a la construcción de obras de infraestructura, red de agua, cloacas y pavimentos, pero que en los tiempos económicos de comienzo de los ochenta le obligaron a cerrarla.

Sería muy pretencioso ajustar a un par de líneas la carrera ajedrecística del maestro Panno, que le dedicó más de medio siglo al ajedrez y disputó más de tres mil partidas. En el resumen con lo mejor de su labor frente al tablero no puede omitirse la conquista de tres campeonatos argentinos superiores:1953, 1985 y 1992. Representó al país en once Olimpiadas —con un segundo puesto en Amsterdam 1954, dos terceros lugares en Munich 1958 y Varna 1962— y de manera individual ganó una medalla de bronce y otra de oro como mejor segundo tablero, en los equipos de Munich 1958 y La Habana 1966, respectivamente.

Obtuvo el título de Gran Maestro a los 20 años, y en 1957 su nombre se ubicó entre los mejores dieciocho ajedrecistas del mundo. Fue campeón de los torneos zonales Mar del Plata 1954 y Río de Janeiro 1957. Se adjudicó el Sudamericano de Mar del Plata 1969,

los magistrales de Palma de Mallorca de 1971 y 1972 y el Panamericano de Bogotá en 1958, entre otros. En 1978, a los 43 años, fue invitado a integrar el equipo de analistas de Víktor Korchnoi en el rocambolesco match por el Campeonato del Mundo con Anatoli Karpov en Baguio (Filipinas).

Otros dos detalles: Oscar Panno fue rival de siete campeones mundiales —es el único argentino con score favorable ante Spassky—, y contribuyó a enriquecer la teoría del juego: la Defensa India de Rey, muy popular durante el siglo XX, lleva una variante conocida como “Variante Panno” gracias a una novedad que introdujo en su apertura. Aún hoy es utilizada en los torneos magistrales.

¿Cómo nació la Variante Panno?

La idea surge durante el Mundial del 53, donde descubro el movimiento “a6” en la jugada 7 con las piezas negras en la Defensa India de Rey. A partir de ahí nace el estudio junto a mi maestro Bolbochán, pese a que él entendía que, tras el movimiento “d5” del blanco, llevar el caballo negro a la casilla “a5” no podía ser buena idea.

Tuve que esperar dos años, hasta 1955, para emplearla por primera vez. Sucedió en Mar del Plata ante el maestro Gregorio Idígoras… y perdí (se sonríe). Por eso hoy le digo a mis alumnos que perder una partida es un incentivo formidable para entender que en la siguiente prueba no les puede ir peor; es decir, solo se puede mejorar. Mi consejo es que, si pierden, no importa. La vez siguiente será mejor o igual.

¿Y qué le convenció de que la idea realmente era buena?

En 1955 la llevé a la práctica internacional, en el Interzonal de Gotemburgo. Allí derroté al holandés Jan Donner e hice tablas con Sthalberg, aunque estuve ganado en esa partida.

Pero la verdadera señal de que la variante era buena me la dio Petrosian. En el Ciclo Candidatura de 1956 el armenio la puso en práctica ante Smyslov. Ahí tomé conciencia de lo que había creado. Si los soviéticos usaban mi variante significaba que era buena.

Después los húngaros fueron los que más la desarrollaron y creo que son los que más saben hoy en día de esa línea.

En la práctica magistral la Variante Panno ha sido utilizada en miles de partidas, incluso su creador la utilizó en decenas de oportunidades y en seis ocasiones sus rivales le dieron de beber su propio brebaje. «Eso es lo más difícil, cuando tu rival juega tu propia variante. En esos momentos uno piensa si debe o no mostrar el talón de Aquiles; enseñarles cómo combatirla», reflexiona el mejor ajedrecista nativo de Argentina.

Cuando llega el momento de la despedida y consigo estrechar sus manos, uno cree rozar mágicamente el linaje del pasatiempo más insondable, de percibir el privilegio del calor compartido por siete campeones mundiales; unas veces victorioso y otras, derrotado.  Esas manos que saludaron a Bobby Fischer, a Vasili Smyslov, a Mikhail Tal, a Tigran Petrosian, a Boris Spassky, a Anatoli Karpov y a Garry Kasparov.

¿Cómo fue prepararse para jugar ante estos monstruos del tablero?

Y… había que aguantarse. Ahí te lamentas de no ser un profesional. Sabes que llevas las de perder y que será difícil sorprenderlos.

Pero usted es el único argentino con marcador favorable ante Spassky.

Bueno, las cosas se dieron así. La primera vez que jugamos fue quizás la más importante, en Gotemburgo 1955. Fue elegida como tercer premio de belleza. Después suceden esas cosas extrañas en la que nos enfrentamos en el Interzonal de Manila en 1976, en la que él pierde por tiempo y yo no merecía ganar. Y la última vez, en Lucerna 1985, en el Mundial por equipos, yo no pude sostener la presión, dejé pasar las chances de tablas, y él terminó

ganando.

¿Es su primera victoria con Spassky una de sus mejores partidas?

Sí, si tuviera que elegir, esa estaría entre las 3 o 4 mejores. Pero por el contexto, en un Interzonal y de cómo fue su definición, elijo esa.

Oscar Roberto Panno, una de las últimas leyendas de nuestro querido juego.

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