MUJERES vs. HOMBRES: UNA VISIÓN PERSONAL (GM Miguel Illescas – PDR 150)

(Sebastián Arias)

Ya se cumplió un siglo desde que las mujeres pudieron votar por primera vez en los Estados Unidos de América. En España fue algo más tarde, en 1931, cuando los derechos electorales de mujeres y hombres se equipararon, con la promulgación de la Constitución de la Segunda República. El movimiento feminista y el proceso de igualar los derechos de mujeres y hombres es algo muy reciente en la historia de la Humanidad. Nadie cuestiona hoy en día la igualdad de género en las sociedades modernas y, sin embargo, el proceso de normalización es progresivo, y lento en algunos aspectos.

En el ámbito del deporte, las autoridades llevan años tratando de luchar contra la brecha de género, promocionando el deporte femenino por diversos medios. El hecho de que mujeres y hombres compitan de forma separada en la gran mayoría de disciplinas deportivas es algo que se asume con total normalidad y, aún así, los torneos masculinos acostumbran a mover mucho más dinero, en base a la ley de la oferta y la demanda. Claramente, queda mucho camino por recorrer, tanto en la educación general de la sociedad, como en el adecuado desarrollo del deporte femenino.

En ajedrez, sin embargo, por sus especiales características, siempre se ha planteado la duda: ¿deben hombres y mujeres competir separados? ¿Son realmente necesarias, o siquiera convenientes, las competiciones femeninas?

LA DISCRIMINACIÓN POSITIVA

Curiosamente, quienes suelen rechazar con mayor vehemencia la necesidad de mantener las competiciones femeninas son aquellos que saben poco o nada de ajedrez, y que encasillan nuestro deporte como algo puramente intelectual. Una pretendida corrección política les obliga a presumir —a menudo desde la ignorancia— la igualdad total y absoluta de ambos sexos frente al tablero.

Sin embargo, si preguntamos a los dirigentes federativos o a las jugadoras profesionales —y lo sé bien porque estoy casado con una de ellas— nos explicarán la necesidad de mantener dichas competiciones femeninas. O bien, la conveniencia de establecer estímulos especiales para animar a la participación de las mujeres en los torneos, como invitaciones pagadas, premios a las mejor clasificadas, becas de entrenamiento o ayudas directas para féminas.

La razón es simple: a día de hoy existe una abrumadora diferencia de nivel entre ambos sexos y deben hacerse los esfuerzos necesarios para elevar la cantidad y calidad de las jugadoras, corrigiendo en la medida de lo posible el desequilibrio histórico que arrastramos. Dichas acciones, enumeradas en el párrafo anterior, se podrían calificar como “discriminación positiva”, y es evidente que, sin ellas, se tardaría mucho más en corregir la situación actual.

Quienes afirman que las mujeres limitan su progresión al jugar entre ellas tienen parte de razón, y fenómenos como Judit Polgár —o Beth Harmon en la ficción— nunca vieron la conveniencia de participar en pruebas femeninas. Pero no todas las mujeres son portentos, y no nos engañemos: si no hubiera premios femeninos ni invitaciones o ayudas especiales no habría casi ninguna jugadora profesional.

Me he dado cuenta también de que mucha gente de fuera del mundillo no sabe que en el plano organizativo no existe la división entre ajedrez femenino y masculino. En ajedrez se celebran campeonatos femeninos y absolutos donde las mujeres pueden obviamente participar. Sucede que, a menudo, ambas pruebas se celebran a la vez, obligando a las mujeres a elegir.

En algunos países, como España, se ha optado por fórmulas más “integradoras”, por así decirlo, compitiendo en un mismo grupo mujeres y hombres, pero manejando clasificaciones absoluta y femenina por separado, cada una con su lista de premios. Este modelo, que personalmente apoyo, ha merecido críticas de algunas jugadoras, que consideran que el título femenino pierde valor. Parte de razón tienen. Una idea interesante sería que las dos mujeres mejor clasificadas en el absoluto disputaran luego un match, que podría despertar gran interés.

INDAGAR EN LAS CAUSAS

Volviendo al tema de la diferencia de nivel entre hombres y mujeres, y a la vista de los datos matemáticos que la confirman, cabe preguntarse: ¿es una diferencia que iremos corrigiendo o hay algo más? La teoría más extendida —quizá por ser la más cómoda— es que es cuestión de tiempo que las mujeres alcancen un nivel equiparable al de los hombres. Eso mismo puede pensarse —con mayor claridad si cabe que en ajedrez— en planos como la política o la dirección de grandes empresas, esferas de poder que han marginado tradicionalmente a las mujeres, algo que poco a poco se va corrigiendo, como puede comprobar cualquiera que lea las noticias. Pero en el estudio matemático que se publica en este ejemplar se observa que la diferencia de rendimiento se da también en edades tempranas, por lo que no es previsible que esto se corrija de manera natural o con las políticas deportivas de los últimos años, al menos no a corto plazo.

Es evidente que “una mujer” puede jugar como los mejores hombres, y el ejemplo de Judit Polgar basta para confirmarlo. Pero hablamos de comparar sexos, no individuos. Para dar respuesta a la cuestión de si las mujeres —como grupo— “pueden alcanzar el mismo nivel que los hombres” habría que analizar en primer lugar las causas de la actual diferencia de nivel y ver si se puede corregir a largo plazo con los métodos de integración descritos u otros que podamos imaginar.

RAZONES HISTÓRICAS Y SOCIALES

Parto de la base de que la brecha de género en ajedrez tiene importantes componentes históricos y sociales, eso es innegable. Todavía hoy, cuando una chica acude a un club de ajedrez y comprueba que es casi la única niña, es obvio que eso puede desanimarla a seguir. También es cierto que se siguen regalando más muñecas a las niñas y es posible que muchos padres, quizá por tradición o desconocimiento, vean el ajedrez como algo eminentemente masculino. Pero… ¿eso es todo? ¿Es la brecha de género coyuntural?

Habría otro argumento: que las chicas lo dejan antes, que no lo toman en serio, etc. Pero la estadística que presentamos en este ejemplar compara con los hombres solo a aquellas mujeres que juegan torneos FIDE, es decir, que no lo han dejado, sino que han seguido. Y, sin embargo, no han alcanzado el nivel que se esperaba de ellas.

Y aquí llega otro argumento, que yo mismo he sostenido en numerosas entrevistas: el efecto cuantitativo. Al haber muchas menos mujeres jugando es lógico que su nivel sea inferior al de los hombres. Pero en el estudio matemático que presentamos dicho factor se ha tenido en cuenta, y aún así se percibe que el desequilibrio es mucho mayor de lo que cabría esperar. Por ello hay que volver sobre la cuestión: ¿pueden existir razones intrínsecas para la diferencia de rendimiento en ajedrez entre ambos sexos?

EL AJEDREZ COMO LUCHA

Aquellos que ven el ajedrez como algo puramente intelectual es obvio que desconocen la faceta no ya deportiva, sino competitiva del juego. Aunque estés jugando por Internet la rápida más intrascendente del mundo, la tensión y la adrenalina están ahí y hay que saber gestionarlas, con independencia de tu nivel de ajedrez. Porque este juego no es una ciencia estática: hay un rival, tratando de refutar tus ideas e imponer sus planes.

Como decían Lasker y Capablanca, el ajedrez es una lucha de voluntades. Por tanto, junto a la indiscutible base científica del juego, en el plano de la competición cobran valor aspectos como la resistencia y fortaleza física y psicológica, la gestión de las emociones, el carácter, y todo lo que implica una competición con tan alto nivel de exigencia.

Existe además un factor de capital importancia, que a menudo se omite, o se subestima. Se trata de la motivación. Ese es el motor que nos impulsa a entrenar durante horas, a resolver día tras día decenas de problemas de táctica, estudiar finales, repasar nuestras partidas tratando de mejorar nuestro nivel. La voluntad de lograr la victoria es la fuerza que nos mueve, aun exhaustos tras acabar la partida del día, a preparar una nueva variante ya entrada la noche, robando horas al sueño, tratando de sorprender al oponente de turno en la siguiente batalla.

El ajedrez es un deporte tremendamente competitivo. Y es ahí donde se podría lanzar la pregunta: ¿son los hombres más competitivos que las mujeres? ¿Son los niños más competitivos que las niñas? Si la respuesta a la pregunta anterior es afirmativa, podríamos establecer una hipótesis en la que podrían encajar los datos matemáticos, y aún la propia percepción de bastantes jugadores y jugadoras profesionales, que perciben más “mala leche” en hombres que en mujeres. Esa “mala leche” es el ansia de victoria, de superar al oponente. ¿Es algo que hombres y mujeres tenemos por igual? Viendo el comportamiento de los niños y niñas en el patio del colegio parecería que no es así.

RAZONES GENÉTICAS

Aquí cabría reflexionar sobre las habilidades que cada sexo ha ido desarrollando a lo largo de miles de años de evolución. Los seres humanos somos muy engreídos, pero en realidad nuestro ADN se diferencia muy poco del de los chimpancés, y por ello conviene fijarnos en el reino animal para establecer paralelismos útiles. En la mayoría de especies los machos pelean entre ellos por obtener el control del rebaño, ganando los más fuertes el derecho aprocrear. Es la forma que tiene la naturaleza de seleccionar a los más aptos, de mejorar la raza, y así ha sido siempre. Los machos pelean, las hembras traen criaturas al mundo.

Solo los seres humanos hemos alterado, hasta cierto punto, los sistemas de selección naturales. Pero también nuestros antepasados de las cavernas tuvieron que repartirse los roles para sobrevivir. Los hombres, inútiles para criar a los hijos, salían a cazar. Las mujeres llevaban el peso del hogar y hacían vida social en la cueva. La naturaleza es sabia y cada sexo fue desarrollando características específicas para el cometido que tenía encomendado. Caderas anchas para dar a luz, músculos poderosos para salir de caza. Para abatir mamuts hacen falta fuerza e inteligencia, pero también agresividad, la famosa “mala leche” de la que hablábamos antes. Por el contrario, para sacar adelante a los hijos y mantener la armonía familiar se precisa otro tipo de inteligencia, más empática y conectada con la interacción social.

¿Es razonable afirmar que la carga genética influye todavía hoy en la competitividad que muestran ambos sexos? Si fuera cierto que los hombres somos más competitivos, ello explicaría —en parte— el éxito masculino en algo de apariencia tan inocente como el ajedrez, en realidad uno de los más violentos deportes de élite, como alguna vez he escuchado calificarlo.

Llevamos apenas cien años invitando a las mujeres a que salgan a cazar mamuts. ¿Quizá se precisa algo más de tiempo, y de apoyo integrador, antes de esperar resultados globales similares a los de los hombres?

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