LEANDRO KRYSA, EL HOMBRE QUE PERSIGUE UN SUEÑO (Jorge Aguadero – PDR 136)

(Sebastián Arias)

El joven Gran Maestro Leandro Krysa (Argentina, 1992, Club d´Escacs Mollet) tiene el don de hacerse querer. Su mirada revela una aguda inteligencia que acompaña con amplias sonrisas y los mejores modales. Es locuaz, de voz ligeramente estridente, capaz de transportar a quien le escucha al país donde soñar es un tango y se persiguen los sueños al dictado de un ancestral arte cotidiano.

Fui al encuentro con Krysa en un bar frecuentado por la resistencia, dispuesto a recordarle, como quien lo dice de pasada, que Gardel nació en Uruguay. Les sorprenderá la provocación pero, como me habían hablado en términos elogiosos de la capacidad dialéctica del ajedrecista argentino, tenía curiosidad por poner a prueba su sentido del humor. Sin embargo, su aspecto aniñado y el brillo de sus pupilas conquistaron mi simpatía apenas entramos en conversación.

—Soy Gran Maestro y periodista deportivo desde 2015. En estos momentos estoy residiendo en Barcelona—, me dijo.

Aquí estás entrenando con Miguel, ¿verdad?

Así es. Tuvimos cinco sesiones para ir mejorando mis puntos débiles. ¡Nunca había tenido un profesor de tanto nivel! Tuve algunas clases en Argentina, con Ulf Andersson, pero eran grupales.

¿Por qué te decidiste a buscar a Miguel?

Bueno, en un anterior viaje jugué el Open de Sants y, disputándome el torneo en la última ronda con el kazajo Jumabayeb, entré en un final de torres con peón de menos en el que tenía que aguantar, pero lo perdí.  Luego, analizando, un amigo me dijo un plan que le había mencionado Miguel. Me llamó mucho la atención porque llega alguien, ve por encima una posición complicada y ya sabe la solución… ¡Y yo, clavando los codos y sin saber qué hacer!

Entonces, cuando planifiqué mi viaje para acá, con idea de estar un mes y medio antes de ir a Asia, me propuse moverme para conseguir su contacto, a ver si podía armar algo. En diciembre, desde Argentina, concerté una entrevista con él. Me enfoqué para, hasta mayo, dedicarme como jugador. Yo sabía que Miguel ya había aparcado su actividad de entrenador, pero bueno… ¡El argentino se las rebusca para ver la manera! ¿Sabes, Jorge? Le vi un toque diferente, algo que los Grandes Maestros que conocía no tenían —matizó entusiasmado Krysa—. Tener un profesor solo para vos, alguien que con solo 3 o 4 horas te analice, alguien que entrenó a Kramnik, que estuvo con la élite mundial… Además de tener métodos de entrenamiento muy interesantes.

¿A qué te refieres, Leo?

Las primeras dos clases se basaron en ver qué podía mejorar. Analizamos mis partidas recientes que perdí y empaté, para ver en qué fallé. En base a eso se diagramó un entrenamiento que él me dirigió fuera de las clases, con algunos libros. Miguel, en base a mis puntos débiles, seleccionó algunas posiciones para las siguientes clases, con los temas que más me cuestan. Eran posiciones que mostraban mis puntos débiles. También vimos partidas suyas y de campeones mundials.

¿Cómo fue ese método de entrenamiento?

Me ponía estas posiciones y un tiempo de reloj para que pudiera resolverlas, siempre bajo su supervisión. La verdad es que estoy muy contento porque, como te decía, nunca tuve la oportunidad de entrenar con alguien así. Tuve entrenadores, pero no es lo mismo. El último, un MI de Cuba que sabía bastante… Pero es diferente estar con alguien que estuvo en la élite, que sabe cómo piensan los jugadores, que puede transmitirme ciertos consejos, … Es algo que disfruté mucho y, como dice Miguel, ahora está la parte mía de ponerme a trabajar y prestar atención también a la parte psicológica. Intentaré pegar un saltito de nivel, que es lo que quiero y para lo que estoy trabajando.

Tu viaje desde Argentina en busca de Miguel Illescas es toda una aventura. Parece que seas el último romántico en estos tiempos pragmáticos.

Bueno, yo soy así —Krysa me miró y sonrió, como si justo en ese momento le pasase por la mente, a gran velocidad, una película de todo lo que había vivido en los meses precedentes—. Pensé en cómo hacerlo viable. En su momento trabajé casi un año como periodista para el portal del club argentino Obras Sanitarias —echa la vista atrás con satisfacción, guarda buenos recuerdos de su antiguo club—. Yo hacía el seguimiento de los jugadores que representaban a la entidad. Y hablamos con Miguel para hacer un intercambio entre sus clases y lo que yo pudiese aportar a la revista “Peón de Rey”.

¿Cuáles son tus objetivos ajedrecísticos a corto, medio y largo plazo?

A corto plazo, tenía previsto representar a Argentina en la próxima Olimpiada. Me quedé cerca, pero tendrá que ser en la siguiente. ¡Ya me está picando el bichito en la cabeza de jugar en el equipo olímpico! Sé que si estoy muy metido en eso no voy a poder jugar ajedrez suelto y no es mi estilo estar especulando. Quiero jugar disfrutando y, si se da, se da. A medio y largo plazo me gustaría seguir mejorando mucho, poder alcanzar los 2600–2650. Me gustaría llegar a ser el nº 1 de Argentina —el actual, Sandro Mareco, tiene 2643 de elo—.  Es un objetivo difícil pero viable, y más teniendo en cuenta que nunca hice una gira seria, con preparación intensiva. Sé que cuando me puse a estudiar muy firme el título de GM llegó rápido, el año pasado pude jugar la Copa del  Mundo, … Quiero ver hasta dónde se puede llegar, no quedarme con la duda de qué hubiese pasado. Económicamente es difícil y me viene bien impartir clases como entrenador. Se puede resumir mi experiencia en que di clases cinco meses para ahorrar y prepararme la gira mundial. Luego, dos meses compitiendo y, después, varios meses más dando clases para sufragar mis gastos. Y valoro la posibilidad de quedarme en Barcelona: el alquiler está muy bien, tengo buenas opciones de dar clases y acá hay buenos torneos y facilidades logísticas para ir a los eventos más duros de Europa, pues viajar desde Argentina tantas veces al año es muy caro.

¿Qué piensa de esto tu familia, Leo? ¿Te apoyan en esta aventura?

Mi familia me apoya bastante. Yo vivo allá con mis padres y mi hermano. Mi familia me apoyó, pero a cambio de que estudiase una carrera universitaria y tuviese así un plan B. Al principio me costó aceptarlo, pero luego lo hice y fui muy feliz estudiando. De hecho, he podido conciliar mis tres pasiones: el ajedrez, los deportes y el periodismo. Mi padre es ingeniero, mi madre maestra de matemáticas, mi hermano economista… ¡y a mí nunca se me dieron bien los números en la escuela! Quizás es que nunca presté mucha atención… Porque sí destaqué en las asignaturas de letras, que me encantaban, de ahí lo de estudiar la carrera de Periodismo.

Tienes opciones de resultados deportivos muy altos, aunque la competitividad es máxima y las puertas del paraíso no se abren para todos.

Soy consciente de que cuanto más sube uno en el ajedrez más oportunidades laborales hay, especialmente de dar clases. Pero un conocido me dijo que en la vida siempre tienes que tener dos obsesiones, por si una se acaba.

¿Cómo fue tu contacto con el ajedrez?

En una mueblería y relojería que tienen mis abuelos, a los cinco años. Mis padres nos dejaban a mi hermano y a mí para que nos cuidasen. Éramos muy movidos, jugábamos al fútbol allí.

No parecía el mejor sitio para jugar a la pelota.

¡Imagínate! Un día el abuelo trajo un ajedrez para tranquilizarnos. Así nos aficionamos. Empezamos a ir al club Hebraica, hasta los doce años, jugando los campeonatos nacionales. Luego mi hermano entró en el Nacional de Buenos Aires, un colegio excelente que requería un año de estudio para entrar, y no siguió jugando tanto. Yo fui a un colegio menos exigente y seguí el camino del ajedrez. A los trece empecé a tener profesores. Estudié cinco años con el MF Gustavo Águila y seguí haciendo camino hasta septiembre de 2016, cuando me puse a estudiar en serio. Dejé el periodismo y organicé una gira. Jugué Gibraltar, Lorca, Roquetas…, haciendo las dos normas de GM que me faltaban. Entonces pensé que me calmaría y haría cosas como aprender inglés, a conducir, … Pero quería más. De hecho, fue cuando me clasifiqué para la Copa del Mundo. Subí de 2490 a 2545, un salto que me permitió codearme con jugadores muy fuertes.

Leo, ¿has tenido que superar algún momento malo?

Sí, en 2012 tenía 2440 puntos de Elo y en un Mundial sub20 bajé 48 puntos en trece rondas.

¡En un solo torneo!

¡Pues al siguiente torneo bajé 12 puntos más!, —se sinceró—. ¡60 puntos en dos torneos! Me dije que era demasiado… que había cosas que hacía mal.

¿De qué cosas te arrepientes? ¿Qué podías haber hecho mejor?

La responsabilidad siempre es de uno. No me enfoqué como debería haberlo hecho en ese Mundial. Y eso que me había preparado mucho, pero durante el torneo no lo hice. Un grave error, porque un Mundial de edades es un torneo con jugadores en progresión, mientras que en un Open te puedes encontrar con jugadores que ya han estabilizado su Elo. Perdí la disciplina. Dormir bien, preparar bien, … Esas cosas. Desde 2016 me puse a trabajar con un entrenador que me ayudó mucho en la parte emocional, en la autoconfianza. Yo sentía que en esos dos torneos había perdido dos años de mi carrera, pero él dice que no, que he ganado dos años, que a veces hay que pasar por ciertas cosas para madurar. Tras esto gané regularidad. Por otra parte, perdí frescura, pues la seriedad en la preparación me llevó a jugar una sola apertura, cambié de enfoque.

¿Sigues trabajando con él?

Sí. Aunque estoy acá vamos hablando y me viene muy bien. El ajedrecista, en la partida, piensa en mil cosas más allá de lo concreto en sí. En los deportes físicos, al moverse bruscamente el jugador, la autoconfianza experimenta cambios, pero en la partida de ajedrez estás solo, en estático, cargando con toda la presión. No creo que sea coincidencia que mis resultados se disparasen desde que trabajo con mi entrenador. Ellos no trabajan tanto sobre el resultado sino sobre el proceso: armar las cosas para que los objetivos se den. De hecho, me gusta mucho la psicología. Llegué a matricularme, pero al final no me presenté a las clases porque el ajedrez iba a quedar muy de lado simultaneando dos carreras.

¿Cuáles son tus aficiones?

Los deportes me gustan mucho. El fútbol, la natación, ir al gimnasio, … También me gustan la lectura, la psicología, la videoconsola… ¡Y, sobre todo, salir a bailar!

¿Qué elo debería tener un chico que se plantee dedicarse profesionalmente al ajedrez?

Depende de cada país pero en Argentina ser GM, estar entre los mejores cinco e integrar el equipo olímpico supone estar sobre 2560 de elo. Yo lo intenté con 2490 y me salió medio bien, pero no a todos se les va a dar igual.

¿Qué le dirías a sus padres?

¡Eso es difícil! Recuerda que los míos no dejaron que hiciera las cosas con los ojos cerrados. Y les estoy muy agradecido.

En muy poco tiempo has pasado de tener aspiraciones a ser GM a tener aspiraciones a entrar en el equipo olímpico. ¿Cómo te han recibido los jugadores superclase?

Sandro Mareco, por ejemplo, es muy amigo mío. Fue mi entrenador tres años y vamos a hacer una gira juntos. Es un amigo de la vida, más allá del ajedrez. Para que te hagas una idea, de los seis primeros argentinos hay cuatro que representamos al mismo club, Obras Sanitarias, y son compañeros con los que hay buena relación. No obstante, mis principales amistades están fuera del ajedrez.

¿Qué esperas aportar a “Peón de Rey” y a sus lectores?

Me gustan mucho las notas de color. Por ejemplo, ahora que voy a visitar tres países exóticos, quisiera mostrar cómo es el ajedrez allí. Por ejemplo, cómo fue el ajedrez antes y después de la guerra en Vietnam.

¿Cómo es tu estilo ajedrecístico?

Antes de llegar a España creía que era un jugador posicional, pero tras hacer introspección he visto que en la táctica tengo mejor nivel. Miguel me cambió mucho lo que yo pensaba de mí mismo. Me ha enseñado a apreciar cómo los grandes campeones apretaban sin prisa a sus rivales.

Mucha gente reacciona con inseguridad y desamor hacia la actividad que realizan cuando alguien les muestra que estaban equivocados, pero Leandro Krysa está comprometido con el aprendizaje.

Miguel me advirtió de que, en las primeras partidas, me sentiría algo inseguro, pero que se trata de un proceso necesario. Es así en todas las disciplinas. Los cambios llevan su tiempo de entender, pero te permiten evolucionar.

¿Cómo te afecta estar lejos de casa?

Lo llevo bien. Hablo con mi familia y amigos por teléfono. Me gusta Barcelona y conozco gente nueva. Comparto piso con dos compañeros de Colombia y estoy aprendiendo a cocinar, lavarme la ropa, cambiar bombillas, … Cosas que parecen muy básicas pero que forman parte de la evolución personal. Para que te hagas una idea, donde anoto las variantes de las líneas que estudio, anotó también recetas de mis amigos para cocinar arroz. ¡Mi mamá se ríe mucho con eso!

Oye, Leo, ¿con quién te gustaría jugar una partida?

¡Con Maradona! Es que estuvo en el cierre en un torneo en Emiratos. Y, en su programa de televisión, invitó a Karpov. ¡Jugaron con un ajedrez viviente! ¡El Diego y Karpov!

¿Eres supersticioso?

Sí, sí… He tenido cábalas muy absurdas, como pensar que si repites  un hábito va a ir bien. Pero últimamente estoy pensando que si estudio ajedrez en serio será mejor.

¿Cuál sería tu epitafio?

No lo he pensado nunca. Que lo ponga la gente.

¿Cuál es tu gran miedo?

Hay varios menores, pero no uno grande. La muerte, por ejemplo, no me asusta. Pequeños, pero luchando siempre.

¿Qué te irrita?

Tengo bastante paciencia, pero no me gusta la manipulación. Los actos muy premeditados.

¿Cuál ha sido tu mejor experiencia ajedrecística?

Las mejores experiencias han sido jugar con Caruana y con Topalov en Gibraltar. Tanto el antes como la partida en sí y, por supuesto, el análisis. Fueron 48 horas inolvidables. ¡Y empaté con los dos!

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