LAS REVELACIONES DE MIGUEL ÁNGEL QUINTERO, EL AJEDRECISTA ARGENTINO QUE CONVIVIÓ 25 AÑOS CON BOBBY FISCHER

(Sebastián Arias)

El Gran Maestro argentino fue su asesor, asistente y amigo. Cuenta las reacciones del campeón del mundo y sus gustos particulares: los discos de Sandro, los productos de cuero y caminar por la Avenida Corrientes, en el centro de Buenos Aires. El triste final…

La habilidad del chuequito de piernas arqueadas somete a los caprichos de la pelota de goma sobre el empedrado de Constitución. Doña Raquel, una doméstica con “cama adentro” nacida en 1918 en Tunas Punco, Santiago del Estero —donde aún esperan el agua— lo llama enérgicamente con maternal enojo:

¡Basta de pelota, Miguel! Adentro, a casa, que tu hermano José Luis te espera para enseñarte a jugar al ajedrez y después a repasar números conmigo.

Los 12 años de Miguel Ángel Quinteros transcurrían bajo un inquebrantable pacto filial: terminar la Primaria en la escuela República de Bolivia, seguir aprendiendo ajedrez como lo hacía desde los 5 años y terminar la secundaria en la Joaquín V. González. A cambio de ello don Miguel, su padre, un esforzado pastelero, le permitiría jugar a la pelota en los potreros del barrio y también probar en Boca tras la convocatoria del maestro Mario Evaristo, un emblema del fútbol juvenil boquense.

Difíciles y bellos aquellos días de los años 60 para el pibe Miguel Ángel Quinteros: colegio por la mañana, fútbol los sábados en su amado Boca —con compañeros como Ruben Suñé y Omar Larrosa—, soñando con ser alguna vez como Rojitas, y ajedrez los viernes por la noche en el club Jaque Mate de la calle Santiago del Estero 952.

El Maestro Internacional que me abrió las puertas para acercarme a Bobby Fischer y a su equipo en Reykjavik durante el match contra Spassky era ese mismo chico morochito, cordial, sonriente, “atorrante” y empático, que a pesar de sus deseos conoció antes a Miguel Najdorf que a Rattin, el mítico mediocentro de Boca. Y sólo habían pasado 10 años. Era muy difícil jugar al ajedrez los viernes por la noche hasta tarde y estar a las 8.30 del sábado en la cancha de Boca con los demás pibes de la octava división.

Para Bobby Fischer el análisis de Quinteros después de las partidas contra Spassky en el tramo definitorio del inolvidable match era primordial y altamente tranquilizador. Aquel chico del hogar pobre y digno de la calle General Hornos 324, criado en una casa de dos piezas, con baño general y un calentador a queroseno en el dormitorio que también hacía de cocina, había llegado a ser el campeón argentino más joven de la historia. Y el vértigo de su consagración fue similar al de Beth Harmon, la protagonista de “Gambito de Dama”. Fue casi igual, pues Quinteros que era campeón de ajedrez rápido, debió ganar preliminarmente la 4°, 3° y 2° categorías en un solo año, el de 1966, para poder jugar los torneos de primera. Y en 1968, a los 21 años, ya había logrado el triunfo más trascendente de su corta historia imponiéndose en el Torneo Metropolitano al vencer a enormes maestros como Oscar Panno y Miguel Najdorf, entre otros.

Miguel Ángel conoció a Fischer el 21 de julio de 1970 en ese Torneo Magistral realizado en la sala Casacuberta del Teatro San Martin. Aunque Fischer le ganó a Quinteros se produjo un hecho poco común en la difícil relación que el estadounidense tenía con la gente y especialmente con sus rivales, pues en un momento posterior le dijo:

—Muy bueno tu ataque sacrificando la torre, pero si me hubieras jugado “tal variante” —se la menciona— me hubieras puesto en una dificultad en la cual jamás había pensado. Muy bien, muy bien ¿Cómo era que te llamabas?—, preguntó con asombro.

Al año siguiente, en 1971, Fischer regresó al país para jugar la eliminatoria por el Campeonato Mundial contra el soviético —étnicamente armenio— Tigran Petrosian. Y el frustrado volante de Boca, ahora Maestro Internacional con aquella barba negra cuidada y su cálida sonrisa blanca, tirándole los brazos a Fischer como si lo conociera de toda la vida, le impuso:

—Te voy a llevar a comer el mejor bife de chorizo que hayas probado en tu vida.

Fischer aceptó y Quinteros gastó casi la mitad de su sueldo como asistente de producción del programa “Sábados Continuados” de Canal 9, que conducía Antonio Carrizo, a la sazón presidente de la Federación Argentina de Ajedrez y quien le posibilitó ese trabajo a Miguel, llevándolo al restaurante “La Cabaña” de la Avenida Entre Ríos. Al ver el alto de aquel trozo de carne brillosa y fragante, Fischer exclamó:  —I don’t believe you (No te creo).

Desde ese 1971 Quinteros se convirtió en analista, asistente, asesor, cómplice y amigo de Fischer. Lo ayudaba psicológicamente y la relación tenía contenidos de ajedrez pero también de alteridad. Quinteros podría quedarse a estudiar la siguiente partida contra Petrosian, pero también conseguirle la piscina de Gimnasia y Esgrima en el centro de Buenos Aires para que Bobby nadara crol o mariposa sin compartir el lugar con nadie durante dos horas. O gestionarle una cancha en el “Darling” de la calle Brasil para jugar al tenis con algún profesor.

Eran muy distintos Quinteros y Fischer pero habían generado una sólida empatía. No es arriesgado afirmar que Miguel Ángel fue una de las personas que más lo conoció. Y es por ello que sabe, como nadie, detalles sobre lo que resultó su mítica existencia. Fue Quinteros quien lo asistió en 1971 para ganarle a Petrosian. En 1972 estuvo en la preparación y luego lo asistió en el Mundial de Islandia. También fue quien lo acompañó a la mayoría de los Abiertos, a Las Vegas y tres meses a Taxco (México) en 1982; a París en 1995 para pergeñar el contrato del Fischer Random que se lanzó con singular éxito el 16 de junio de 1996 en el Pasaje Dardo Rocha de la ciudad de La Plata, a instancias del entonces gobernador Eduardo Duhalde. Tantas vivencias obligan a elegir anécdotas. He aquí una de ellas.

Ocurrió en Los Ángeles. Bobby iba todos los días al mismo café y se sentaba en la misma mesa. Una mañana me llevó con él, sacó una libretita y mirando a través de la ventana me dijo que había una chica que trabajaba en una tienda de regalos en ese centro comercial de enfrente, que entraba a las 9 h., que salía a almorzar a las 13 h., que volvía a las 13:45 h. y que a las 17.04 h. tomaba el bus 116 J que va a Santa Mónica. —Es la mujer más bella que vi en mi vida—, le confesó un melancólico Fischer.

—¿Y no la vas a esperar para decírselo?—, preguntó Miguel con normal porteñidad. E insistió: —Cuando salga, vas, te acercas y se lo dices; dale, le va a encantar; yo te miraré desde aquí.

—No podré—, dijo Fischer.

OK. Entonces ven conmigo, ven, ven, dale, levántate—, le insistió Quinteros.

Fue entonces cuando Bobby tímidamente siguió a Quinteros. Al llegar al local Miguel, al conjuro de su cálida sonrisa, se acercó a la chica en cuestión, le preguntó el nombre y suavemente le dijo: —Éste amigo mío se llama Bobby y dice que eres la más bella mujer que vio en su vida. Quisiera invitarte a tomar algo cuando salgas de trabajar pero le tiene miedo a tu respuesta. ¿Saldrías a tomar algo con Bobby?. La chica volvió a mirar a Fischer, que no pronunció palabra alguna y respondió sonriente: —Sí, cómo no; pero mejor. mañana, porque hoy debo regresar a casa.

Fischer, entusiasmado, felicitó a Miguel por su determinación para encarar a la dama pero al día siguiente no fue a la cita. Quinteros le preguntó el porqué.

—Solo tengo tiempo para pensar en el ajedrez. Proyecté las próximas diez salidas con la chica y eso me demandaría un promedio de 32 horas, y si la relación continuara debería calcular un incremento de 35 minutos más por día. Sería un desastre, me desconcentrará—, le respondió Fischer. ¿Quién proyectaría los próximos diez encuentros con una chica? Solo Bobby, cuyo cociente intelectual superaba al de Albert Einstein, según algunos estudios científicos publicados. Pero lo del ajedrez era obsesivo pues resultaba común escucharlo decir mientras dormía: —Este rey ya no tiene salvación—, o alguna otra conclusión como si en lugar de dormir y soñar, jugara.

Quinteros fue el organizador del exitoso Mundial disputado en San Luis en 2005 y a quien se le deben las giras de Fischer, Kasparov y Karpov. Tiene ahora una consultora, asesora empresas, suele jugar por Internet y será parte vital de la organización del Mundial de Ajedrez del 2022, que se realizará en Argentina y en Brasil, al conmemorarse los 200 años de su independencia. —He estado cerca de tres campeones del mundo como Garry Kasparov, Daniel Scioli —actual embajador en Brasil, campeón de motonáutica, con quien se halla unido desde hace 40 años— y Bobby Fischer. Pues bien, los tres fueron 90% de esfuerzo y 10% de inspiración. Se trata de personas muy especiales —asegura Quinteros—, que se pasan todo el tiempo pensando cómo mejorar trabajando y no dejan nada librado a la impronta o a la suerte. Ya verás la revolución que generará Daniel (Scioli) en la embajada—, concluyó. Luego contó sobre las cosas que más le gustaban a Bobby. Recordó estas:

Zapatos de guante (calzaba un 45 y solían enviárselos el exembajador Rafael Vázquez o Tony Carrizo, buenos amigos). Bifés de chorizo de Pippo. Cueros de la Casa López (fanático de los portafolios, bolsos, billeteras, carteras colgantes…). Trajes de Trimarchi. Discos de Sandro (llegó a conocer al artista en Nueva York). Caminar por Corrientes desde Callao hasta Cerrito. Los hoteles Claridge, Plaza o Columbia (si jugaba en el San Martín).

Tal como lo puntualizara en una inolvidable nota el querido amigo Alberto Oliva en la revista “Gente” del 2 de cctubre de 1972, era más fácil saber aquello que no le gustaba a Fischer —que era casi todo—, pero puntualmente fumar, tomar alcohol —prefería zumo de naranja o de moras—, café, hablar sobre su pasado y especialmente su madre, bailar, ir a lugares donde hubiera más de diez personas, recurrir a abogados, la publicidad, el ruido, cualquier tipo de remedios, la violencia, atender a los periodistas, ser fotografiado, los jugadores soviéticos que según él arreglaban los resultados entre ellos para seleccionar al campeón o al retador en épocas de la Guerra Fría, etc.

Quinteros conoció como nadie la entrega religiosa de Fischer a la Iglesia de Dios Universal del reverendo Herbert Armstrong. Lo veía pasear por Groessinger’s, donde preparaban el match contra Spassky, con una radio al oído, oyendo sus sermones desde Eugene (Oregon). Finalmente, esa causa le costó a Fischer la mayor parte del dinero ganado.

También estuvo Miguel Ángel acompañándolo en su triunfal llegada a Nueva York tras recuperar para los EEUU el título mundial de ajedrez después de 24 años de hegemonía soviética. Y junto a él esperó vanamente la llamada de la Casa Blanca para ser recibido por el presidente Richard Nixon, tal como se lo habían prometido. Sobre todo después de que el Secretario de Estado, Henry Kissinger, reprodujera con Quinteros como testigo el siguiente diálogo telefónico:

—Aló, Bobby. Le habla el peor jugador de ajedrez del mundo al mejor jugador de ajedrez del mundo. Soy el Secretario de Estado de los EEUU. Sé que usted está abatido porque perdió las dos primeras partidas contra el soviético y está pensando abandonar. Escúcheme bien: el presidente Nixon me encomendó que le pidiera que por favor no abandone, que continúe y que cuenta con todo nuestro respaldo. Sea cual fuere el resultado final lo esperaremos en la Casa Blanca, ¿me ha entendido?—, preguntó Kissinger.

—Sí, señor Kissinger. Le he entendido. Le agradezco la llamada y dígale al presidente Nixon que voy a seguir el match y lo voy a ganar. Dígaselo, por favor—, le respondió Bobby con Quinteros a su lado analizando la siguiente partida, la tercera, que Fischer ganaría iniciando la remontada que le permitiría pasar al frente en la octava.

Miguel conoció el esplendor de los años felices compartidos con Bobby después de Spassky y los días aciagos cuando Nixon recibió a las gimnastas Nadia Comaneci —rumana— y Olga Korbut —soviética— mientras él se quedó esperando en Nueva Jersey ser convocado a una audiencia presidencial que jamás se realizó.

Ahora, acumulando recuerdos sobre hechos reales que tal vez algún día se transformen en un libro o en un apasionante guión, Miguel Ángel Quinteros proyecta su futuro con empresarios, jeques, políticos, diplomáticos y periodistas a quienes podrá contarles el agónico crepúsculo del jugador más grande en la historia del ajedrez. Él conoce como nadie las razones de su negativa a defender el título bajo un nuevo reglamento contra Anatoly Karpov en Manila en 1975, renunciando a 5 millones de dólares. También conoce las razones de su huida a Japón en 2004, donde estuvo preso durante ocho meses. Fue Islandia, su país de adopción, el que lo repatrió y le permitió esperar la muerte en calma, sin más paranoias ni confrontaciones. Ocurrió en enero de 2008, cuando tenía 64 años.

El chuequito que la rompía en las calles empedradas de Constitución y luego en los potreros de Barracas, el pibe de las inferiores de Boca a quien la madre le enseñó hasta la tabla del 12 y lo obligó a aprender ajedrez desde los 5 años, el campeón más joven de su época, el porteño simpático y osado, tan distinto de los demás jugadores serios y concentrados, fue bendecido como el maestro que acompañó al genio. Y nadie conoció a ese genio más que él.

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