Carlos García Palermo, historia de un romance dividido entre dos banderas

(Carlos A. Ilardo – Peón de Rey nº 151)

(Sebastián Arias)

Carlos García Palermo tiene 66 años y desde hace más de medio siglo su vida transita por descifrar los secretos de las torres homéricas y los peones ladinos. A los 30 años, en 1983, obtuvo el título de Maestro Internacional y dos años después alcanzó el galardón de Gran Maestro, que lo situó entre los treinta y cuatro elegidos que conforman la nómina del historial argentino, aunque solo dieciocho permanecen en activo.

En 1986, en un punto alto de su carrera frente al tablero —ya con victorias sobre Fischer y Karpov—, su elo le señaló como el mejor ajedrecista de Latinoamérica y nº 40 del mundo. Pero la brisa amable de felicidad apenas se volvió un suspiro. Nuevas desavenencias con los dirigentes del ajedrez local lo dejaron sin opción: eligió huir como el verde en otoño, y a partir de 1988 —con un impasse entre 1998-2005, años en los que se dedicó a ejercer como abogado, su segunda profesión— representó a la Federazione Scacchistica Italiana, primero como jugador e integrante de los equipos olímpicos, más tarde como capitán y actualmente en el cargo de Comisario Técnico de los seleccionados femeninos de ese país.

Portador de la doble ciudadanía, se acostumbró a caminar bajo el sol; dividió su vida en veranos eternos: seis meses en Argentina y otros tantos en Italia. El romance entre sus dos banderas flameó solo sobre su único amor incondicional: el ajedrez. Pero con los actuales tiempos de pandemia se vio obligado a cambiar sus hábitos y costumbres; la llegada del coronavirus le pateó el tablero.

¿Cómo llevaste este aislamiento social a causa del COVID-19?

Mi encierro comenzó antes del confinamiento oficial. Yo estuve entre el 2 y 5 de marzo en Milán, así que cuando llegué al país tuve que hacer “cuarentena preventiva” en mi ciudad, La Plata, antes que fuera decretado el 20 de marzo. Desde entonces me organicé para aprovechar el tiempo con entrenamiento y el dictado de clases de ajedrez por Internet, pero fue muy raro ver todo lo que sucedía fuera. Veía lo mal que lo estaba pasando la gente mientras el sistema se descalabraba. Esta calma se asemeja a las que preceden a las grandes tormentas.

Sin embargo, los ajedrecistas, aficionados y profesionales parecen disfrutar mucho de estos tiempos de encierro y han provocado un furor con su práctica en la red. ¿Cuál es tu reacción?

Es cierto que hay mucho en la red, que es entretenido, también, pero es un ajedrez superficial. Botvinnik estaba en contra de la práctica rápida o blitz, pero a los actuales jugadores no les molesta. Creo que se trata de un ajedrez irreflexivo; no es beneficioso jugar a un toque. Está bien como promoción, pero también están los que se aprovechan para hacer trampas, lo cual te muestra al ser humano tal como es; no debería asombrarnos.

Tanto con la abundante oferta de ajedrez online, como en los últimos años en los torneos presenciales, las definiciones del ajedrez de élite pasan por un puñado de jugadores como Carlsen, Nakamura, Caruana o Ding Liren. ¿En tu época era menos predecible saber quién sería el ganador?

En los ochenta y noventa siempre ganaban las 2K, pero tal vez la élite era más amplia. Hoy hay muy pocos lugares incluso para los que juegan fantástico. Lo digo por jugadores como Ivanchuk, por ejemplo. Este es otro ajedrez; juegan todos los días a toda hora y sucede lo que en economía se conoce como “la depreciación de la moneda”: al haber inflación la unidad se desvaloriza. Piensa que en 1924, en Nueva York, los jugadores viajaron un mes en tren para poder enfrentarse; una partida entre Capablanca y Alekhine era muy valorada. Hoy, en cambio, Carlsen y Caruana juegan casi todos los días, y cada partida pareciera que vale menos.

García Palermo es de esas personas a las que pareciera que no los atraviesa el paso del tiempo. Su figura, de estatura media y andar desgarbado, con el pelo rebelde y despeinado, oculta las cenizas de los años y lo exhibe como un aliado de la juventud eterna. De su pasaporte se le cayeron varios años. Ahora el hombre, hijo de Adolfo García y Carmen Palermo —de relucientes 97 años—, que define al ajedrez como la actividad más constante de su vida, piensa y retrocede por el túnel del tiempo hasta una tarde de 1963, cuando por primera vez conoció el ajedrez.

Tenía 10 años y mi papá me dijo que ya era hora de que empezara a leer. Me dio “El libro de nuestros hijos”, una  enciclopedia mexicana que, además de mitología griega y otros temas más, le dedicaba un capítulo al ajedrez; así aprendí los movimientos de las piezas. Después me obsesioné tanto que jugaba solo todo el día con el tablero en el suelo, girándolo de un lado y del otro, hasta que un día mi mamá, algo preocupada, miró a mi viejo y le dijo, «con este chico vamos a tener que hacer algo». Y así fue como comencé a jugar en los distintos clubs de la ciudad.

Habían transcurrido sólo seis años de aprendizaje, de prueba y error por los salones del Club Estudiantes, Gimnasia Esgrima, el bar Rivadavia y el Club de ajedrez La Plata cuando, a los 16 años, le sorprendió la fama. La tarde del 20 de agosto de 1970 García Palermo ejecutó una de sus jugadas para la memoria: como conductor de las piezas negras necesitó de quince movimientos para asestar una de las más duras derrotas al más excéntrico ajedrecista de la historia, el genial norteamericano Bobby Fischer. Se trató de un Gambito de Rey en una exhibición simultánea.

¿Quieres recordarlo?

En agosto de 1970 yo tenía 16 años y me inscribí en una simultánea que Fischer dio en el Club Estudiantes de La Plata. No sé lo que sucedió, él se equivocó y yo también estuve caminando por el precipicio, pero de pronto quedé ganado y Fischer abandonó en la jugada 15. Supongo que nunca se habrá olvidado de la partida,porque en su vida solo perdió dos veces en menos de 15 jugadas. Pero lo interesante fue que, al año siguiente, en 1971, después de que él venciera a Petrosian en el Teatro San Martín, Fischer volvió a dar una simultánea, y volvimos a enfrentarnos. Esa vez fue empate, y creo que se acordaba de mí y por ello es muy probable que jugase con más atención. Por eso me parece que debe ser más meritorio mi empate que mi victoria, la que tal vez le sorprendió por mi juventud.

Se puede decir que tienes score favorable con Bobby. ¿Nunca charlaste con él?

No era una persona fácil. Recién nos cruzamos en 1996, cuando él vino a Argentina para mostrar el Fischer Random y a mí me designaron director de ese match, que bajo esa modalidad lo jugarían el argentino Pablo Ricardi y el filipino Eugenio Torre. Pero la exhibición jamás se realizó. Recuerdo que tuvo varios desencuentros con los organizadores y un día, cuando llegué a mi casa, había un mensaje en mi teléfono, en voz castellana pero con un extraño acento, que decía: «Soy Roberto. Llámame. Estoy en el Hotel Etoile». Me quedé pensando un rato quién sería ese Roberto y con ese acento, hasta que me saqué las dudas y descubrí que era Fischer. Me fui hasta su habitación, me pidió que lo acompañara hasta el Aeropuerto de Ezeiza —en esos tiempos lo buscaba el FBI— y me dijo que tenía exceso de equipaje. Se había comprado más de cien bolsos de cueros. No tengo idea de para qué, ni le pregunté. Tuvimos que viajar en dos autos, un taxi y uno particular. Cuando el chofer le reconoció y le saludó, él se puso muy contento. Es que acá le trataron muy mal, mucha gente ni se enteró de su visita. Cuando llegué al mostrador solo le pedí al empleado que entendiera de quién se trataba. Al fin, le dejaron pasar sus cosas, nos saludamos y nunca tocamos el tema de nuestras partidas. No volvimos a vernos.

Un dilatado palmarés avala al Gran Maestro García Palermo para “decir y hacer”. Su voz tiene el peso de la experiencia en el mundo del ajedrez. ¿Algunos de sus logros? La conquista del Memorial Capablanca en La Habana, en dos ocasiones, en 1985 y 1987. Haber jugado tres Olimpiadas: Dubai 1986 —con bandera argentina— y Manila 1992 y Turín 2006 —bajo la italiana—. También sobresalen de su lista de vencidos los nombres del subcampeón mundial Nigel Short, Boris Gelfand, Michael Adams, Yuri Razuvaev, Lev Psakhis, Bent Larsen, Ulf Andersson, Maxim Sorokin, Julio Granda y Giovanni Vescovi. Además, obtuvo el título de campeón italiano —en ajedrez activo o semirrápido— en 1988 y el subcampeonato en el torneo mayor en 1994.

Con tantos años junto al ajedrez, con participaciones en torneos abiertos, magistrales, olimpiadas y Copa del Mundo, ¿te animas a señalar cuáles fueron tus mayores alegrías y tristezas?

Lograr el título de GM y ganarle a Karpov —es el único ajedrecista argentino que derrotó a un campeón mundial mientras poseía el título— fueron, sin duda, dos momentos de gran alegría. Y sobre tristeza o decepción, tal vez el Campeonato Mundial Seniors +65 de 2019, que no gané una posición ganada y no conseguí el título. Pero creo que los dramas en la vida son otros, una partida no merece profunda tristeza. Cuando vives otras cosas te das cuenta de que esto es solo un juego.

A lo largo de su carrera García Palermo fue —es— señalado en la Argentina como el ajedrecista que derrotó a Fischer y a Karpov; pero el repetido elogio ya le cansa. «Estoy un poco cansado de ser el tipo que le ganó a Karpov y a Fischer; hay muchas otras partidas que me dieron grandes satisfacciones», cuenta el maestro platense.

Sin caer en el análisis de la partida, aunque tu victoria ante Karpov marcó un antes y un después en tu carrera, sé que hay un hecho anecdótico que pocos conocen.

Sí, es cierto. Lo anecdótico no fue solo el triunfo, que por sí fue importante, y que en el momento de su abandono me vi rodeado por los participantes y todos aplaudiendo —incluso uno de ellos era Bent Larsen—. Esa victoria me dio el empuje para que dos años después me decidiera a viajar a Europa. Pero lo increíble sucedió tres noches después. Yo estaba alojado en el Hotel Hermitage en Mar del Plata, donde se jugó el Torneo Clarín en 1982. Recuerdo que me llamaron de la conserjería porque había llegado un sobre a mi nombre. Cuando lo abro, me encuentro con un giro postal de 400 $ USA y una pequeña nota que decía: “Por haberle ganado a Karpov”. Firmado, Viktor Korchnoi. Yo no lo sabía, me enteré tiempo después, dado que estaban tan enemistados entre ellos, que Korchnoi había decidido premiar a cada ajedrecista que venciera a Karpov con 400 dólares. Dos años después nos cruzamos en un torneo y pude agradecerle tamaño gesto. Los dos nos reímos mucho.

Fuiste rival de ambos, de Fischer y de Karpov. ¿Qué crees que hubiera pasado si se hubiesen enfrentado en 1975?

No creo que corresponda arriesgar. Pero podría haber pasado cualquier cosa en ese match.

Tras la victoria frente a Karpov, García Palermo que, según él mismo reconoce hablar mal varios idiomas, entre ellos el italiano, inglés, francés, alemán y que por hobby lee algo del griego, decidió completar sus estudios universitarios y dar los últimos cuatro finales de la carrera de Derecho. Recién entonces, con el título bajo el brazo y el reconocimiento local por su carrera junto a los trebejos —ganador de tres premios Olimpia de plata, un premio Konex y la nominación de Ciudadano Ilustre de la ciudad de La Plata—, programó un viaje de seis meses a Europa que se convirtió en una experiencia fabulosa de once años. Se quedó cinco años en España y seis en Alemania.

Eras joven cuando fuiste a España a jugar. ¿Cómo la ves ahora? ¿Qué cambios puedes mencionar?

Entre 1989, 1990 y 1995 viví en Zaragoza. Jugaba los abiertos donde siempre te asegurabas un premio. Pero hubo un cambio básico: con el desmembramiento de la URSS muchos maestros viajaron a Occidente y cambió todo. Había muchos y buenos jugadores en cada torneo. Es difícil la comparación también, porque uno era más joven, atravesando otra etapa de la vida. Observo ahora un gran cambio; crecieron mucho en cantidad de jugadores y de torneos. Guardo lindos recuerdos de los abiertos de Benasque y Andorra. Ahora hace mucho que no voy por allá, pero España siempre tuvo mucho ajedrez y ahora le suma interesantes talentos.

Aunque en tu época el ajedrez español no llegó a ser una potencia ajedrecística, ¿qué jugadores españoles destacarías?

España tuvo buenos equipos. En 1986, con Ochoa y José Luis Fernández, le ganaron 4 a 0 a Inglaterra, y pelearon arriba. En mi época estaban Fernández, Rivas, Gómez, Izeta, Romero, …, todos de mi generación, y algunos más jóvenes como De la Villa y Magem. Allí hubo una escuela y apoyo para que se desarrollaran sus jugadores. Algunos consiguieron el apoyo y otros se retiraron y se dedicaron a la enseñanza o a la publicación de libros. Para destacar hay dos nombres: Miguel Illescas, primero, y Paco Vallejo, después. Ambos llegaron a la élite. Ahora hay que ver a Antón, pero es otra generación, otro ajedrez. Tampoco puedo olvidarme de Iván Salgado, compañero de equipo en la Liga Italiana. Sin duda, España es uno de los mejores países del mundo para jugar al ajedrez. Antes de la burbuja inmobiliaria allí se estaba muy bien y podías jugar todo el año.

Y, si trasladaras tu visión —fuiste jugador y directivo—, ¿cómo ves el ajedrez argentino hoy?

No estoy al tanto de la actualidad; mi realidad es el ajedrez italiano, la federación para la que trabajo, y estoy focalizado con lo que sucede allí. Aunque sí observo que hay fuertes jugadores en Argentina, pero el tema económico sigue perjudicando el desarrollo. Siguen faltando torneos y auspiciantes, estamos en una época rara en la que se hace lo que se puede.

¿Entre tus asignaturas pendientes surgen el desarrollo de tu carrera de abogado y el de formar una familia?

No me fue bien con la profesión de abogado. Lo intenté entre 1996 y 2001 pero no me acostumbré a estar sentado en un sillón. Soy esencialmente un ajedrecista y mi vida está en constante movimiento por los viajes. También es cierto que nunca me casé, pero viví en pareja en Alemania y allí nació mi hijo Linton, que hoy tiene 29 años, vive en La Plata y trabaja como profesor de alemán. Hoy trato de pasar el mayor tiempo con mi mamá, que está al tanto de todo lo que hago. Hasta del último torneo que gané.

Por cierto, tu última gran victoria fue el Torneo de la Legislatura de Buenos Aires, en 2019, un abierto con casi 500 jugadores y tú tenías ya 65 años. ¡Qué mensaje!, ¿no?

Fue un gran logro; significó dejar mi nombre por primera vez en un torneo importante en Buenos Aires jugando, además, de manera razonable y con algún momento de suerte a mi favor. Tal vez signifique un mensaje tácito para la gente de mi edad, de saber que pueden jugar frente a los jóvenes, los que nos pueden ganar, pero nos podemos sentar a jugar con ellos. Con nuestro ajedrez clásico todavía podemos soportar la tensión, quizás porque en este momento de la vida tenemos la cabeza organizada de otra manera.

Con más de cincuenta años jugando al ajedrez habrás visitado ciudades de todo tipo. ¿Alguna sede de torneo que te encantó o un lugar donde vivirías con tu familia?

Cortina D´ampezzo, en el norte de Italia, fue uno de los lugares más bellos, pero el Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires fue tal vez el más importante. No sucede en ningún lugar del mundo que se abran las puertas de un órgano legislativo para jugar un torneo de ajedrez. En cuanto a una ciudad que elegiría para estar con mi familia, posiblemente serían Palma de Mallorca o Barcelona.

 ¿Qué ha sido el ajedrez en tu vida?

El juego del ajedrez es una simplificación de la vida. Todo está ahí enfrente tuyo y si no lo entiendes ese es tu problema. Ha sido la actividad más constante de mi vida. Tal vez de joven me faltó el coraje de irme a Moscú y dedicarme con más intensidad. Pero me considero un ajedrecista porque respondo a mi esencia.

“Peón de Rey” es una revista que llega a muchas manos, no solo de jugadores consagrados, también de muchos que recién se inician. ¿Qué le dirías al joven que sueña con ser ajedrecista?

Los que quieran dedicarse exclusivamente al ajedrez deberían, en primer lugar, evaluar su alcance económico, y cada uno sabrá sus posibilidades. Es difícil saber qué pasará con el ajedrez en el futuro. Cada vez hay más jugadores y, para dedicarse a tiempo completo hay que evaluar el mercado, saber si podrá vivir de esto. Por eso tengo mis dudas de que sea una gran idea. Pero si se trata de un talento, jugar mucho, estudiar y leer muchos libros y tener fe en sus propias posibilidades sería el primer objetivo.

El Gran Maestro Carlos García Palermo, abogado de profesión y ajedrecista por convicción. Un romance de medio siglo sostenido por una única pasión.

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