Botvinnik o la muerte de un superviviente (y IV) (Lincoln R. Maiztegui – Jaque 402)

(Sebastián Arias)

Botvinnik era un hombre desconfiado, que actuaba, por lo general, a la defensiva y solía verse como objeto de conspiraciones y complots. Tuvo relaciones frías y distantes con casi todos los ajedrecistas notables de su tiempo, pero estas fueron tempestuosas con sus rivales más directos, como Bronstein, Smyslov, Petrosian y el propio Tal, que narra en su libro “Al Ataque” los muchos pliegues que tenía su enigmática personalidad, y que se pusieron de manifiesto en las negociaciones previas al primero de los encuentros que disputaron. Sus únicas relaciones fluidas y satisfactorias parecen haber sido las que mantuvo con los que mandaban, en todos los periodos. Esto solo alcanza a explicar su impopularidad.

Era un hombre de baja estatura, con claros ojos azules, aparentemente frío y algo distante, aunque revelaba una fuerte carga de pasión cuando se tocaban temas que le afectaban. Sin embargo, en su personalidad los factores racionales predominaban claramente sobre los afectivos. Normalmente hierático y poco expresivo, solo en momentos de crisis revelaba su tumultuosa vida interior, ya llorando abiertamente después de una derrota ante Smyslov, ya comentando una de sus grandes partidas con gestos de expresiva alegría y acompañando el movimiento de cada pieza en el post mortem con sonoros gritos de bum, bum. Él mismo narraba, en anécdota que se ha hecho célebre, que sintió la fuerte tentación de arrojarse desde el puente en que estaba acodado a las aguas del río tras su derrota ante Fine en el torneo AVRO. Pero eran fugaces momentos de debilidad interior; por lo general lograba conservar y difundir la imagen de deportista amateur que se tomaba con idéntica filosofía las derrotas y las victorias.

Triste y solitario final

Este cronista tuvo la suerte de conocer a Botvinnik en Linares, en 1992, durante el encuentro Anand vs. Ivanchuk. Por aquel entonces era un anciano entrañable, que saludaba ceremoniosamente con una reverencia y comía como un heliogábalo, hasta el punto de padecer una seria indigestión. Por entonces, sus relaciones con Smyslov parecían excelentes, y es uno de esos espectáculos que jamás pueden olvidarse verlos analizar las partidas mano a mano. Smyslov, jocundo y vitalista, buscando siempre la broma y riéndose abiertamente de las variantes sugeridas por Yuri Averbach, al que trataba como a un patzer o novato; Botvinnik, con concentración y seriedad científica, despreciando olímpicamente los comentarios de mirones y haciendo gala ocasional de su célebre causticidad. En cierto momento el joven GM americano Patrick Wolff, que oficiaba de segundo de Anand, sugirió una posible jugada en la posición que analizaban ambos excampeones del mundo: «Bueno, yo creo que tal vez De2…». Pero no pudo terminar la frase. En su limitado inglés Botvinnik le espetó «De2 es una jugada de ajedrez activo; aquí estamos hablando de ajedrez serio». El pobre Patrick se fue sin chistar, y por un buen rato no apareció por la sala de análisis.

La vejez de Botvinnik, que gozaba de buena salud y el respeto y admiración de todos, parecía envidiable, pero el destino le tenía reservado un triste final. La causa directa del mismo se llamó —se llama— Gary Kasparov. Fue su alumno predilecto. Lo tuvo como alumno en su escuela desde la niñez y fue uno de los primeros en comprender que se trataba de un talento excepcional, de uno de los más grandes en la historia del ajedrez. Le enseño todos sus secretos, le guió en los pasos iniciales de su carrera y volcó sobre él toda su impresionante carga de sabiduría y experiencia. Le vio, sin duda, como el continuador de su gloriosa senda, como una especie de prolongación de sí mismo, como una suerte de cofre en el que se encerraría todo su legado para poder continuar desarrollándose en un futuro que él ya no vería.

Cuando el duelo con Karpov de 1985 marcaba un rotundo 5-0 a favor del entonces campeón del mundo Botvinnik corrió en ayuda de su alumno predilecto. Se encerró un fin de semana con él a solas y le dio el ánimo y la receta que le permitieron revertir parcialmente aquel catastrófico resultado: siguiendo sus consejos Kasparov cambió de estilo, se volvió invencible, y después de una sucesión interminable de empates, obtuvo tres victorias consecutivas, que devolvieron emoción al encuentro y llevaron a la polémica anulación de 1986, en la que ambos se sintieron perjudicados. Sin duda, consciente de que el verdadero favorecido en aquella decisión era su alumno, apoyó la decisión de Campomanes y llevó de la mano a Kasparov hasta el título mundial.

Kasparov le dio el agradecimiento de la vaca empantanada. En cuanto Botvinnik discrepó con algunos aspectos de su conducta deportiva rompió con él y se dedicó a criticarlo, vilipendiarlo y hasta ridiculizarlo de manera permanente. Pero nadie era capaz de adivinar a los extremos que podía llegar. En una actitud que constituye todo un monumento a la mezquindad e ingratitud, Kasparov se opuso a que Botvinnik fuera invitado a presenciar las Olimpiadas de 1994 en Moscú. Pretendía que, si quería ver las partidas, pagara su entrada, como cualquiera. El impacto sobre el excampeón mundial fue, sin duda, tremendo.

Y así murió, un día de primavera de 1995 —5 de mayo—, a los 84 años, desolado y solitario. Sería demasiado afirmar que la causa de su muerte fue la profunda desazón que le produjo la traición de su alumno preferido, pero tampoco es descabellado suponerlo. Superviviente hasta el fin, supo sobreponerse a la caída del régimen a cuya sombra creció y floreció su arte incomparable, soportó el colapso de toda la estructura que generó la gran escuela soviética de ajedrez, de la que fue el primer y principal exponente. Pero no pudo afrontar la más ruin de las acciones, la más ingrata de las conductas, la más ilógica de las marginaciones. Al saberse exiliado del reino de los grandes, donde siempre ocupó un lugar preferente, es posible que haya recordado a su amigo de otrora, Boris Pasternak, y el equivalente ruso, que sin duda existirá, del refrán español que dice “quien a hierro mata, a hierro muere”.

Así transcurrió la gloriosa existencia de Mikhail Moiseievich Botvinnik, uno de los artistas más extraordinarios que jamás se sentaran ante un tablero de ajedrez. Y no hay más remedio que acudir al tópico: le sobreviven sus grandes partidas, que seguirán emocionando a las generaciones por los siglos de los siglos. Afortunadamente, la historia es benigna, y guarda de los grandes creadores el áureo legado, permitiendo que las miserias que pasaron por su vida se hundan para siempre en el lago frío y oscuro del olvido.

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