Botvinnik o la muerte de un superviviente (y III) (Lincoln R. Maiztegui – Jaque 402)

(Sebastián Arias)

LOS AÑOS DORADOS DEL RETIRO

Después de renunciar a las luchas por el Campeonato del Mundo, Botvinnik siguió jugando al ajedrez, y pareció inclusive recuperar la fuerza y ambición de la juventud. Sus partidas de esos años muestran a un jugador pujante, mucho más agresivo que en sus años de reinado, un ajedrecista todavía formidable. Su histórica victoria ante Lajos Portisch en Montecarlo 1968, en una de las partidas de ataque más extraordinarias de toda su carrera, es más elocuente que todo lo que pueda decirse respecto a su juego en esos años.

Todavía ganó un torneo internacional —Wijk aan Zee,1969— antes de abandonar definitivamente la práctica del juego, en 1970. Abrió entonces una nueva etapa en su vida de ajedrecista al encarar, con singular entusiasmo, la actividad docente. La Escuela de Botvinnik, un alto centro de estudios de perfeccionamiento, fue el más prestigioso y efectivo productor de nuevos jugadores que tuvo la URSS de aquellos años.

Convertido en una leyenda viviente, sus opiniones, siempre polémicas y desafiantes y, en muchos aspectos, cada vez más conservadoras, crearon numerosos incidentes en los años 70 y 80. Hablaba ex cátedra, como corresponde a quien lo ha logrado todo, y fue con frecuencia cáustico inmisericorde en sus opiniones sobre sus colegas más jóvenes. A los ya mencionados juicios sobre Larsen y Karpov podrían sumarse otros, no menos espectaculares pero sin duda más acertados.

Se repitió muchos años que estaba trabajando en la creación de un programa de computación que jugaría al ajedrez mejor que cualquier maestro, pero, si lo hizo, esos trabajos nunca fructificaron. Sostuvo sí, con valentía y clarividencia, que el futuro marcaría una indudable superioridad de las máquinas sobre los hombres en un tablero de ajedrez; y lo dijo cuando dicha opinión tenía muy poco en qué basarse y los programas que existían jugaban muy mal. Se pronunció ácidamente contra el ajedrez semirrápido, la anulación de las aplazadas y los torneos por sistema suizo, defendiendo heroicamente ——contra las corrientes predominantes— el aspecto científico del juego, en franca retirada ante el auge de los puramente deportivos. Mantuvo hasta el final una admirable lucidez y fue siempre respetado y admirado como deportista hasta su muerte. La gloria fue compañera inseparable de toda su larga, encendida y fecunda existencia.

Un superviviente nato

«Es curioso; he oído calificar a Botvinnik de muchas formas, pero jamás había escuchado que alguien le llamara buena persona». Esta frase se la dijo al autor de estas líneas un prestigioso jugador internacional, en Linares, como respuesta a una tímida opinión favorable sobre la persona de Mikhail Botvinnik.

En efecto, este hombre discreto y caballeroso, este deportista de excepcional jerarquía, nunca supo ganarse el afecto de sus colegas, que solían calificarle de soberbio, egoísta, tiránico y acomodaticio. Sin duda, en estos juicios desfavorables influían ácidas opiniones, expresadas con muy poca consideración por las exigencias de la diplomacia, y no puede descartarse tampoco la incidencia del eterno gusanillo de la envidia. Pero el caso es que Botvinnik fue siempre respetado y admirado, pero muy pocas veces querido.

Es que los supervivientes de profesión nunca gozan del afecto general, y Botvinnik fue, básicamente, un superviviente. Supo adaptarse a todos los cambios —muchos de ellos, dramáticos y de consecuencias trágicas— de la críptica política soviética y se las ingenio para ser siempre oficialista. Fue estalinista con Stalin, antiestalinista después del XX Congreso, reformista con Kruschev, restaurador con Breznev y perestroiko con Gorbachov, sobreviviendo incólume a todos los avatares de la agitada vida pública de su país. Miembro permanente del Partido Comunista, en los últimos años de su vida reivindicaba sus creencias religiosas, hacía referencia a sus orígenes judíos y refería episodios en los cuales había sido supuestamente desplazado o perjudicado por ser judío. Lo cierto es que nadie le creía mucho esas historias.

Cuando ganó el torneo de La Haya-Moscú y se coronó campeón del mundo envió a Stalin un telegrama dedicando su victoria al “gran Padre de la patria soviética”, que es un modelo de servilismo y obsecuencia. Más tarde, en tiempos de Kruschev, se produjo el lamentable affaire del poeta y novelista Boris Pasternak, galardonado en 1958 con el Premio Nobel por su novela “Doctor Zhivago”. El régimen soviético, pese a vivir una etapa de relativo liberalismo, consideró que la novela era contrarrevolucionaria y prohibió al escritor recibir el prestigioso galardón. Pero, no satisfecho con esto, nombró una Comisión de Notables que debía juzgar la conducta de Pasternak: uno de los miembros de esa comisión fue el campeón mundial de ajedrez, Mikhail Botvinnik, insospechable de prevención contra el acusado, pues era notoriamente su íntimo amigo. La Comisión calificó a Pasternak con los más duros términos, y contribuyó decisivamente a su defenestramiento, que duró hasta el año de su muerte (1960). Según parece —no hay testimonios en contra, al menos que nosotros conozcamos—, Botvinnik acompañó sin chistar la condena de su amigo. Preguntado por el caso —entrevista de

Leontxo García, Linares, octubre de 1992—, el excampeón mundial se limitaba a repetir: «No tuve nada que ver con eso»

Es que había que sobrevivir, y Botvinnik, como lo demostró con frecuencia en los tableros salvando posiciones aparentemente perdidas, sabía hacerlo como nadie. Lo que había que dejar por el camino parecía importarle muy poco. Se dice incluso —aunque la versión es de Kasparov, por lo que es legítimo ponerla en cuarentena—, que en sus clases acusó, delante de sus alumnos, a Spassky de haber vendido su encuentro contra Bobby Fischer por una determinada cantidad de dinero. Esta afirmación, que de ser cierta significaría una absoluta canallada, se le atribuyó precisamente en la época en que toda la dirección de la URSS apuntaba sus baterías contra los ajedrecistas soviéticos que habían cometido el enorme delito de ser arrasados por Bobby, lo que constituía un crimen de lesa ideología: un representante del imperialismo burgués no podía vencer con ese desparpajo a tres ilustres representantes del “hombre nuevo socialista”. Es bien sabido que Taimanov, Spassky y en menor grado Petrosian, otro superviviente por vocación, fueron severamente sancionados por su derrotas, y vivieron en un período de exilio interior. En este caso —y, repetimos, de ser cierta— la opinión de Botvinnik seguía, una vez más, la senda oficial.

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