Botvinnik o la muerte de un superviviente (II) (Lincoln R. Maiztegui – Jaque 402)

(Sebastián Arias)

Botvinnik se había casado con una bailarina clásica, había terminado sus estudios de ingeniero y estaba dispuesto a consolidar su posición como mejor ajedrecista del mundo. Para ello, siguió con pulcritud todos los puntos que se habían definido como esenciales en la moderna escuela soviética. Y no sólo eso; los desarrolló y mejoró como tal vez ningún ajedrecista lo haya hecho antes o después de su fulgurante trayectoria. Cuidaba mucho su físico, absteniéndose de fumar y beber y realizando moderados ejercicios todos los días. Analizaba en profundidad las partidas de los grandes jugadores y luego, lejos de ocultar dichos análisis, como hacen muchos maestros con problemas de confianza en sí mismos, los difundía y publicaba para apreciar los errores que descubrían en ellos otros maestros o las diferencias de óptica valorativa que tenía con los mismos. Jugaba periódicamente partidas con fortísimos competidores que gozaban de su amistad y confianza, como Ragozin o Goldberg, y en esas partidas experimentaba ideas audaces y nuevas en las aperturas.

Particularmente en este campo —estudio de las aperturas— puede hablarse, en la historia del juego, de un antes y un después de Botvinnik. Nadie había llevado tan lejos el análisis metódico de una línea de apertura como lo hacía Botvinnik, y en este fundamental terreno basó gran parte de su supremacía. Posteriormente este método fue patrimonio de toda la escuela soviética y jugó idéntico papel en la superioridad de la misma sobre todo el resto del mundo. Enemigo de trampas y apreciaciones superficiales, Botvinnik, —y tras él, tres generaciones de jugadores soviéticos— se preocupó de manera primordial por los fundamentos estratégicos de las variantes de apertura que imaginaba, desarrollaba y estudiaba, y en esta tarea desarrolló y corrigió en muchos aspectos los puntos de vista de los clásicos y los hipermodernos como Nimzovich o Reti. Por otra parte, ideó y llevó a la práctica diversos sistemas para mejorar los análisis de las posiciones aplazadas y para evitar apremios extremos de tiempo. Llevó tan lejos la previsión como para preferir como sparrings a grandes fumadores —él, que jamás fumó—, para estar habituado a soportar esa práctica, por entonces lejos de toda posibilidad de ser reprimida.

Nadie había concebido, hasta entonces, la preparación ajedrecística de forma tan científica. Se unieron en él los principios que serían luego patrimonio de la escuela soviética con una férrea voluntad de llegar a la cima a costa de cualquier sacrificio que era una parte básica de su poderosa personalidad. De esta forma, se convirtió en un héroe: fue la cabeza visible de su generación, el líder de la nueva escuela, el modelo y espejo de los más jóvenes y un arquetipo de hombre nuevo para el régimen, que le mimó y condecoró permanentemente. Desde el sitio en que se encontrase, seguramente Kirilenko tenía motivos para sentirse orgulloso de su principal protegido.

DIEZ AÑOS DE REINADO ABSOLUTO

Los años de la guerra fueron muy duros para los Botvinnik, como para todos los soviéticos. Exento del servicio militar por su jerarquía deportiva e intelectual —y una oportuna miopía—, Misha logró escapar con su esposa del terrible sitio de Leningrado y obtuvo en la ciudad de Post un puesto como ingeniero electrónico. Pese a que eran tiempos dramáticos, se las ingenió para obtener una autorización especial de Molotov para dedicar tres días de la semana al estudio del ajedrez, lo que demuestra mejor que cualquier afirmación enfática dos cosas: la importancia que el régimen de la URSS concedía al ajedrez y el peso que este tenía en la vida de quien siempre gustó definirse como un amateur.

Cuando el conflicto sufrió el vuelco decisivo de Stalingrado el matrimonio Botvinnik se radicó en Moscú y Misha reanudó su actividad deportiva. Ganó los campeonatos de la URSS de 1944 y 1945, superando en ambos a sus tres principales adversarios dentro de sus fronteras, los jóvenes Boleslavski, Smyslov y Bronstein. Y, ya finalizada la guerra, desafió a Alekhine, por entonces exiliado en Lisboa, a un encuentro con el título en juego. Este desafío implicaba todo un hecho político de la mayor importancia: por entonces, el campeón del mundo estaba en la picota pública como colaboracionista nazi. Hubiera sido sencillo ignorarle y desconocer su devaluado título, máxime cuando Alekhine estaba en plena decadencia física y ajedrecística, sumido en la depresión y la dipsomanía. Pero Botvinnik, evidentemente con la aquiescencia del Gobierno soviético, no quería dejar duda alguna sobre la validez de su casi segura conquista, de modo que el turbio pasado del campeón del mundo —que, además, no debe olvidarse que era ruso— fue convenientemente ignorado. Alekhine se aferró desesperadamente a esa posibilidad de reinsertarse en el mundo de las competiciones internacionales y comenzó a prepararse seriamente. Es sabido que le dijo a su amigo Lupi que «el mundo se asombraría de lo que sería capaz aún de hacer sobre un tablero». Pero en marzo de 1946 Alekhine murió abruptamente y el encuentro nunca tuvo lugar. Es seguro que Botvinnik debió lamentar este deceso, que le privaba de una victoria más que probable.

Después de sus victorias en Groningen 1946 y Moscú 1947 nadie dudaba de quién era el favorito para ganar el torneo La Haya-Moscú de 1948, cuyo ganador sería reconocido como campeón del mundo oficial por la remozada y pujante FIDE, que había tomado a su cargo la organización de los encuentros por el título. Los pronósticos se cumplieron: Botvinnik fue reconocido como monarca del ajedrez al ganar el torneo con relativa facilidad, por delante de los mejores ajedrecistas del momento, con la posible excepción de Fine, que había abandonado el juego, y Najdorf, que se quejó por no haber sido invitado. La escuela soviética, con su principal exponente a la cabeza, tomaba por alto la cumbre del ajedrez mundial: por detrás del campeón se clasificaron Smyslov y Keres —recientemente rehabilitado e incorporado a la URSS desde la anexión de Estonia—, dejando muy por detrás a Max Euwe, el único de los ex campeones del mundo que seguía con vida.

Botvinnik era, con toda probabilidad, el mejor jugador del mundo, al menos desde 1938; pero las circunstancias le llevaron a obtener el título diez años más tarde, cuando contaba 37 de vida. En los diez años siguientes, su predominio fue indiscutible, aunque sus resultados no fueron todo lo brillantes que cabía esperar. Es que su actitud ante el juego cambió radicalmente con la corona sobre su cabeza. Dejó prácticamente de jugar torneos, realizó un doctorado en su carrera y su actividad deportiva se limitó a defender su título cada tres años, como prescribían unos reglamentos que parecían hechos a propósito para que el título cambiara de manos lo menos posible: el campeón quedaba al margen de todo el ciclo de zonales, interzonales y candidatura, conservaba su corona en caso de empate y disponía de derecho a una revancha automática al año siguiente en caso de caer derrotado. Botvinnik analizaba tranquilamente las partidas de sus adversarios mientras estos se rompían los cuernos entre ellos, y luego se enfrentaba al campeón del agotador ciclo con el empate a su favor y la seguridad de revancha inmediata en caso de derrota. Miel sobre hojuelas.

En 1951 defendió por primera vez su título ante el joven e impetuoso David Bronstein. Fue uno de los encuentros más vibrantes y bellos de la historia del ajedrez mundial, y finalizó en un dramático empate que le permitió conservar la corona. La segunda defensa, contra Smyslov en 1954, terminó en otro empate. Y a pesar de que ganó los únicos torneos que disputó esos años —Campeonato de la URSS 1952, empatado con Taimanov, y Moscú 1956, empatado con Smyslov— fue destronado en 1957 por Vasili Smyslov —3 victorias y 6 derrotas, con 13 empates—. Haciendo uso de su derecho a revancha automática, recuperó la corona en 1958 al ganar por 7 a 5 y 11 tablas.

Esta fue su primera derrota en encuentros individuales, y, aunque revertida inmediatamente, hizo que comenzara a hablarse de decadencia y a ponerse en cuestión su hasta entonces indiscutida supremacía. En 1960 tuvo lugar en Moscú su legendario encuentro con Mikhail Tal, la nueva y rutilante estrella de la escuela soviética, cuyas resplandecientes combinaciones ya daban la vuelta al mundo. Botvinnik fue literalmente arrasado por el pequeño letón de Riga, que jugaba un ajedrez revolucionario e insólito para aquellos tiempos. La victoria de Tal sobre el viejo campeón por 6 a 2 y 13 empates parecía, especialmente por la furia arrasadora del nuevo campeón, el epitafio del primer gran exponente de la escuela sovié­tica, por entonces en su apogeo.

Botvinnik había disputado cuatro duelos como campeón del mundo y no había ganado ninguno de los cuatro. ¿Qué había pasado con el rutilante e implacable jugador de los años 40? Es evidente que, después de obtener oficialmente la corona, había perdido bastante de su entusiasmo y de ese erotismo de la victoria que hasta entonces lo había animado. También está claro que a los 49 años, edad que tenía cuando cayó derrotado ante Tal, no se juega igual que a los 25 o 30; de hecho, el juego de Botvinnik nunca fue tan fríamente técnico y escasamente creativo, en comparación consigo mismo, como en esos años. Pero la causa principal tal vez estaba en otro lado: Botvinnik ya no era el único en seguir metódicamente los caminos de preparación que él mismo tanto contribuyó a crear. Estos eran ahora patrimonio de toda la gran escuela soviética, de la cual él, por razones biológicas, estaba dejando de ser la cabeza. En definitiva, a Misha le estaba sucediendo lo mismo que a todos los buenos maestros: estaba siendo superado por sus discípulos.

Sin embargo, se equivocaron de medio a medio los que, después de su derrota ante Tal, pronosticaron el finiquito de su gran carrera. En su medio siglo de existencia, el puritano y metó­dico Botvinnik aún tenía fuerzas y ambición suficientes como para resurgir de sus propias ruinas. Dedicó un año a estudiar el juego insólito de su joven rival, descubrió sus puntos débiles y en la revancha, que se celebró en Moscú en 1961, lo destrozó con asombrosa facilidad: 10 a 5 y 6 empates. El gran Botvinnik, el arquetipo del hombre nuevo procedente del socialismo, volvía a ser el rey, llevándose por delante incluso la biología. Su comentario sobre esa victoria no tiene desperdicio; la cita no es textual, pero es exacta en lo básico: «Durante el primer encuentro, en los análisis posteriores a las partidas, observé con sorpresa que Tal no realizaba jamás un análisis serio de la posición. Nunca se preguntaba si estaba mejor o peor; simplemente, buscaba espacio para sus piezas y posibilidades de combinar. Cuando tuve claro esto preparé la revancha sobre un principio básico: no dejarle oportunidades de complicar el juego, forzándolo a jugar partidas de índole estratégica. De esa forma, le derroté fácilmente». Los aspectos laudatorios de su juicio respecto a Tal tampoco eludieron la dureza de sugerir que su rival no sabía jugar ajedrez: «Si profundizara sus conocimientos estratégicos sería invencible».

La victoria de Botvinnik sobre Tal reavivó una polémica que había estado latente al menos desde 1957: el derecho a revancha automática era abusivo, representaba una ventaja excesiva para el campeón del mundo. Además de todas las ventajas inherentes al poseedor de la corona, este podía mirar la derrota como un mero impasse en la lucha, ya que tenía garantizada la continuación del encuentro unos pocos meses después. La FIDE consideró justa esta objeción, y después del encuentro de 1961 declaró abolido el derecho a la revancha automática. Si el campeón caía derrotado debía jugar el ciclo de Candidatos.

Lógicamente, Botvinnik protestó amargamente ante lo que consideraba un despojo. Y jurídicamente no le faltaba razón al argumentar que si había ganado el título con determinadas reglas no era de recibo que se las cambiaran mientras todavía era campeón. Las modificaciones, en todo caso, debían introducirse cuando hubiera nuevo campeón del mundo después de haber superado el encuentro de revancha automática. Debió, sin embargo, aceptar la decisión, pero cuando el nuevo candidato, Tigran Petrosian, le derrotó en 1963, declaró cerrado su ciclo y se retiró de los duelos por el título. Se terminaba así una de las más gloriosas epopeyas del tablero universal.

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