Botvinnik o la muerte de un superviviente (I) (Lincoln R. Maiztegui – Jaque 402)

(Sebastián Arias)

«Ese es Misha Botvinnik; juega bien, pero aquí tenemos chicos con condiciones muy superiores». Esta fue la contestación que Ilhin Zhenevski dio al entonces campeón mundial José Raúl Capablanca cuando este se interesó en el muchacho de 14 años que le había derrotado incontestablemente en la sesión de simultáneas que acababa de impartir en Leningrado en 1925 . Al ojo perspicaz de Capa no había escapado que estaba ante un ajedrecista de talento excepcional, y nos parece adivinar su escéptica sonrisa ante el veredicto del gran jugador ruso.

No fue Ilhin Zhenevski el único en dudar de las condiciones de Mikhail Botvinnik para la práctica del ajedrez. Poco antes de fallecer Víktor Korchnoi afirmaba en un artículo que la condición fundamental para ser un gran jugador de ajedrez era tener espíritu de sacrificio y voluntad de trabajo, e ilustraba esta plausible opinión con un juicio insólito: «Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el ex campeón mundial Mikhail Botvinnik; no tenía absolutamente ningún talento para el ajedrez, pero su gran capacidad de trabajo y su férrea voluntad le permitieron llegar a ser campeón del mundo».

Que también los grandes jugadores de ajedrez pueden decir terribles disparates respecto al propio juego lo demostraría el propio Botvinnik en sus años de dorado retiro, cuando afirmaba que Bent Larsen —por entonces en el apogeo de su carrera— «aún no había comprendido cómo se jugaba al ajedrez«, o que el joven Karpov «no tenía ni idea» sobre el juego. Pero, mientras tanto, se dedicó a dejar en ridículo a aquellos que se mostraron escépticos respecto a sus condiciones, palabra y concepto que vaya usted a saber que quiere decir exactamente.

Botvinnik fue campeón del mundo entre 1948 y 1963, con dos breves interrupciones —derrotas ante Smyslov en 1958 y Tal en 1960—, que solo fueron accidentales. Con toda probabilidad era el mejor ajedrecista del planeta al menos desde 1938, cuando las respectivas estrellas de Capablanca y Alekhine ya se esfumaban en el horizonte. Reinó, soberano, durante veinticinco años en cuyo transcurso nadie podía seriamente cuestionar su predominio. Y mucho más que eso: encabezó el movimiento ajedrecístico más importante de la historia, la gran escuela soviética, de la que fue principal exponente y abanderado hasta el fin de sus días.

VIDA DE HÉROE

Nada menos heroico que la apariencia física de Mikhail Botvinnik. Él mismo se definía, evocando su juventud, como un muchacho cargado de espaldas, de pecho enjuto, delgado y con gafas, el aspecto más antiestético posible del adolescente lleno de vida y confianza en sí mismo. Una fotografía de juventud registra esta imagen: un rostro delgado al que las gafas confieren un aire de empollón de esos que te voltea. Sin embargo, es perfectamente visible, a pesar de la pátina que el tiempo inevitablemente ha arrojado sobre la instantá­nea, una luz de soberana inteligencia en la mirada de sus grandes y perspicaces ojos. La fuerza de carácter y la potencia de su voluntad no están en la imagen que comentamos pero sí en sus partidas, de la mejor a la menos afortunada.

Hijo menor de un mecánico dental de origen judío, Misha no fue un niño prodigio, ni dio señales de especial precocidad. A los 12 años apenas sabía mover las piezas y no descollaba en absoluto entre los jóvenes que iniciaban el aprendizaje del juego paralelamente al desarrollo de las pautas culturales de la flamante revolución bolchevique.

Sus progresos, sin embargo, fueron espectaculares: a los 14 años derrotó a Capablanca en las simultáneas que comentábamos más arriba; a los 16 ya se le respetaba como uno de los más promisorios valores de la nueva hornada, y a los 18 ganó su primer torneo internacional, en Leningrado. En 1931, cuando tenía 20 años, ganó su primer Campeonato de la URSS, y dos después repitió la hazaña. También en 1933 empató un encuentro con Salomon Flohr, el más prestigioso de sus contemporáneos, que era tres años mayor que él.

El caso es que estos triunfos del joven Botvinnik no constituían un hecho aislado, el simple desarrollo de un jugador de talento —mal que le pese a Korchnoi—, sino que eran el punto avanzado, la vanguardia de toda una nueva concepción del ajedrez, destinada a predominar en el mundo hasta nuestros días. Eran el inicio de la fabulosa escuela soviética de ajedrez, que no sólo produciría siete campeones del mundo casi consecutivos —Botvinnik, Smyslov, Tal, Petrosian, Spassky, Karpov y Kasparov, con el fulgurante interregno de Bobby Fischer—, sino que demostraría un predominio internacional que no conoce parangón en toda la milenaria historia del juego.

La escuela soviética fue, básicamente, obra de dos personalidades tan opuestas como notables: el maestro Alexander Fiodorovich Ilhin Zhenevski (1894-1941) y el comisario Nikolái Vsiliévich Kirilenko (1885-1938). Kirilenko era un duro del establishment revolucionario, un marxista-lenista puro y duro, a quien la historia ha responsabilizado de varias de las más terribles purgas del estalinismo. Una versión lo evoca comiendo delicadamente biscuits y bebiendo té en medio de sesiones de torturas en las que se trataba de corregir a revolucionarios descarriados. Terminó como era de esperar: purgado y ejecutado en 1938.

En sus tiempos de gloria Kirilenko, buen ajedrecista, pergeñó una teoría de esas que hacen historia. Partiendo de la base de que el destino de la revolución era generar el “hombre nuevo”, más solidario, más culto, más inteligente y más libre que el producto del capitalismo burgués, llegó a la conclusión de que el ajedrez era el terreno ideal para mostrar la superioridad de este sobre aquel, del comunismo sobre el capitalismo. Por su carácter eminentemente intelectual, por su aspecto de lucha y confrontación directa y por sus elementos dialécticos, el ajedrez se prestaba, como ninguna otra actividad, para servir como test de la formación y desarrollo del “hombre nuevo” y para constatar, paso a paso, su predominio sobre los burgueses. Y lo más notable de todo fue que logró convencer a las autoridades políticas del nuevo estado proletario de que era necesario conferir el desarrollo del juego la máxima importancia política.

Con Ilhin-Zhenevski como principal exponente inicial y colaborador, Kirilenko dio impulso a toda una nueva forma de concebir el ajedrez. Apoyo estatal irrestricto a la formación y manutención de los ajedrecistas —cobraban un sueldo del estado—, universalización de la enseñanza y la práctica a través de las escuelas de pioneros, adopción de métodos científicos de prepara­ción y pragmatización absoluta de la práctica, con la consiguiente eliminación de los exhibicionismos hasta entonces de moda —partidas a la ciega— y total subordinación de los aspectos artísticos a los resultados prácticos. Si el comunismo soviético logró un éxito absoluto en los 70 años de predominio, este fue, sin duda, el de la escuela de ajedrez basada en estos principios.

Mikhail Botvinnik fue el primero y más brillante de los productos de la nueva concepción, en este sentido, y con el significado de héroe. Su formación se ajustó a las teorías de Kirilenko, su carácter y perfil se ajustaron perfectamente al prototipo que se pretendía crear y sus increíbles victorias mostraron la efectividad de los métodos adoptados. Incluso su origen judío, que desterraba toda sospecha de racismo o nacionalismo extremo, y sus estudios de ingeniero electrónico, culminados brillantemente de forma paralela a sus grandes victorias deportivas, contribuyeron a darle imagen de modelo de “hombre nuevo”, espejo de las nuevas generaciones y caballeroso abrasador de burgueses. El carácter maleable y discreto del propio interesado hizo que todo fuera más fácil.

No es este el momento ni el lugar adecuado para resumir la brillante carrera ajedrecística de Botvinnik. Sus hitos pueden consultarse en cualquier biografía o diccionario especializado. Después de su relativo fracaso en Hastings en 1934 —5º entre 10 jugadores—, sus intervenciones en torneos lo catapultaron a primerísimos planos: ganador en Moscú 1935, empatado con Flohr y por delante de Capablanca; subcampeón en Moscú 1936, en la que fue última gran victoria de Capablanca, y una prestigiosa victoria en el legendario torneo de Nottingham de ese mismo año, en el que participaron cinco jugadores que llegaron a ser campeones del mundo —Capablanca, Alekhine, Lasker, Euwe y Botvinnik— y en el que Misha obtuvo el primer puesto igualado con el cubano.

Su desempeño en el gran torneo AVRO de 1938 fue relativamente discreto, pues acabó 3º tras los ganadores Fine y Keres, y tras el estallido de la II Guerra Mundial su actividad ajedrecística se concentró en la URSS. Allí su carrera sufrió un bajón y obtuvo algunos resultados modestos, como un empate en un match contra Levenfisch, 5º en el Campeonato de la URSS de 1940. A consecuencia de ello —y de la caída en desgracia y muerte de Kirilenko, que le había apoyado constantemente— su estrella comenzó a palidecer y su predominio en el floreciente ajedrez soviético a ser cuestionado. Pero en 1941 se rehabilita brillantemente al ganar con facilidad el torneo Leningrado-Moscú, en el que participaron los más destacados maestros de la URSS. A partir de ese momento ya nadie discutió su jerarquía y derecho a desafiar al campeón reinante, Alexander Alekhine, a un encuentro con el título en juego.

Continuará…

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