Andrés Rodríguez y el difícil arte de ser profeta en su tierra (Carlos Ilardo – PDR 148)

(Sebastián Arias)

Se trata del primer y único Gran Maestro en el historial del ajedrez uruguayo, cuya trayectoria es ninguneada por la prensa y la dirigencia de ese país. Esta es una historia típica con sabor rioplatense; carece de filantropías y arrastra indiferencias a flor de piel.

Nace en Uruguay y se desarrolla en Argentina; lleva la alegría del candombe y los sinsabores del tango. Trata sobre las tribulaciones de un ajedrecista apuntado para ser profeta en su tierra y que, sin embargo, hoy deambula entre olvidos e indiferencias. A los 46 años Andrés Rodríguez Vila, el único ajedrecista uruguayo que alcanzó el título de Gran Maestro en la historia de este juego en ese país, se atrevió a patear el tablero.

«No guardo rencor, pero hablo desde el pragmatismo; está claro que nadie apostó por mí. Aunque eran otros tiempos. Ni en el Uruguay ni en ningún otro país de Sudamérica se podía soñar con cosas como las que le sucedieron, por ejemplo, a Magnus Carlsen, que desde los 8 años tuvo a su lado un entrenador a disposición o las empresas se interesaban por auspiciar su carrera. Esto es inimaginable por estas tierras».

¿Y cuando lograste el título de GM tampoco hubo un cambio?

En absoluto; me casé muy joven, tenía 20 en 1993, y al año siguiente nació Diego, mi primer hijo, y tres años después, Sebastián. Con 21 años, en 1994, me atreví a dejar Uruguay y viajé con mi familia, mi mujer y mi hijo, a la Argentina, que por entonces era un país con mucha actividad en el ajedrez. Muchos torneos abiertos y por invitación. Eso me permitió, en tres años, conseguir las tres normas de Gran Maestro y convertirme en el primero de la historia del ajedrez uruguayo. Estaba muy ilusionado, pero sin embargo las cosas siguieron marchando como si nada hubiera ocurrido.

Pasaron 23 años de tu título de GM, también pasó la antigua directiva… ¿Cómo te llevas con la nueva directiva y cómo está el ajedrez uruguayo en la actualidad?

En realidad también tengo diferencias con la nueva conducción de la Federación Uruguaya de Ajedrez (FUA). A Bernardo Roselli, su presidente, lo conozco desde chico; me lleva algunos años, pero jugamos juntos desde mis comienzos. Incluso como rivales en el ajedrez llegue a tener una ventaja de +7 en nuestros duelos, y curiosamente después que hice mi título estuve veinte años sin poder ganarle.

Yo confiaba en él porque pensaba que para ser dirigente uno debe conocer lo que piensa el jugador y dedicarse por tiempo completo a esa tarea. Pero después de diez años de su gestión, puedo decir que no me tuvieron en cuenta. No me han invitado a sumarme a su trabajo; ni para dar cursos, charlas, simultáneas, ni nada. Me reuní y les ofrecí organizar un trabajo con vista al alto rendimiento, pero la Federación no se interesó; por eso llegué a la conclusión de que nos les interesa tampoco mi parte de entrenador. Hice todo tipo de intentos, pero no fue posible. Tal vez ellos tengan preferencias con otras actividades. Pero no puedo decir que todo lo que han hecho o hacen sea negativo. La FUA me ha invitado a los torneos y puedo observar que la organización de cada competición es brillante. Son perfectos la sala de juego, los materiales, los alojamientos y las condiciones. Nunca hubo tanta actividad en la historia del ajedrez en mi país. Será difícil superar ese trabajo. Pero, así como digo una cosa, también sé que el apoyo de la Federación hacia los jugadores es menos que malo: es nulo. Esto me lleva a la conclusión de que los dirigentes tienen otros intereses.

NACE LA HISTORIA

Hace cuarenta y siete diciembres que en la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, un punto en la geografía de Sudamérica, con el fruto del amor de papá Víctor y mamá Ivonne esta última dio a luz al pequeño Andrés, el único hijo varón de una prosapia que se completa con perfume de mujer: Marina, la hermana mayor, y Lucía y Verónica, las menores.

Acaso, como un curioso estigma en su carrera ajedrecística, Buenos Aires no fue solo el epicentro de los mayores logros frente al tablero, el lugar en el que sumó las tres normas de gran maestro, donde nació su segundo hijo, Sebastián, y el lugar de crianza de todos ellos, incluso de Malena –hoy de 12 años–, hija de su segundo matrimonio. También esa ciudad fue el sitio donde el pequeño Andrés descubrió el ajedrez.

En 1974, cuando las dictaduras militares se adueñaron de los gobiernos sudamericanos, sus padres, junto a un Andresito de solo tres meses cruzaron el río más ancho del mundo, el Río de la Plata, en busca de nuevos horizontes laborales. La aventura se extendió durante cinco pobres años, plazo en el que el niño aprendió el movimiento de las piezas mientras contemplaba las partidas que durante las noches disputaban papá Víctor con algún familiar después de cada sobremesa. Por eso, en el regreso a su terruño, la mochila de aprendizaje e ilusiones infantiles viajó cargada con una pasión inexplicable; el descubrimiento de un nuevo juguete: el ajedrez.

«Seguí jugando, divirtiéndome y practicando en casa con mi papá o con algún familiar, hasta que a los 10 años empecé mi etapa de jugador en el Club Progreso en el barrio La Teja, en Montevideo», rememora Andrés Rodríguez Vila. Y agregó: «En verdad, los avances fueron muy rápidos. Con solo cuatro años de práctica jugué mi primer Mundial de menores en Argentina y las buenas actuaciones me alentaron a seguir adelante».

El rebosado palmarés del GM uruguayo, que a lo largo de su dilatada carrera cuenta con más de cien primeros puestos, suma con varias actuaciones relevantes en sus años de infancia y juventud: a los 11 años finalizó 2º en el Campeonato  Nacional Sub-14; a los 13, en 1986, disputó su primer Mundial Sub-14 —finalizó 20º—; al año siguiente alcanzó el 4º puesto en el Mundial Sub-14 en Puerto Rico; a los 16 acordó tablas con Alexei Shírov en el Mundial Juvenil de Colombia 1990. Y, en el Mundial Sub 18 en Brasil 1991, ganado por el ruso Vladímir Kramnik, Andrés Rodríguez Vila ocupó la 5ª posición de la tabla final.

Sin embargo, tamaña muestra de talento no fue comprendida por los medios de prensa uruguayos, para los que el ajedrez se trataba solo de un buen pasatiempo. Es que, si bien la Federación Uruguaya de Ajedrez se fundó en abril de 1926, la aparición del primer prodigio que, a los 16 años, en 1989, en el Campeonato Panamericano en Paraguay, se convirtió en el primer Maestro Internacional de ese país, solo sirvió para los recortes y estadísticas.

«Yo creo que jugaba al ajedrez por inercia; me di cuenta rápidamente de que en mi país no me iban a brindar más ayuda que la que reuniera mi familia, sumando ahorros o produciendo rifas. Al año siguiente del 4º puesto en Puerto Rico no participé en el Mundial porque no me dieron el pasaje: la cosa estaba bastante clara», aclaró sin rodeos el actual nº 1 del ajedrez uruguayo.

La posición era clara y lo empujó a emigrar; la Argentina fue un buen sostén al que aferrarse. Con la retrospectiva, se le despiertan más recuerdos. Es que en 1994 participó en su primera Olimpiada. Allí Andrés Rodríguez defendió el primer tablero uruguayo en Moscú, en el que sumó actuaciones muy buenas, entre ellas una victoria ante el GM brasileño Gilberto Milos.

«Lo que vino después fue tremendo; la desilusión fue enorme. Había representado a mi país en Moscú, dejé a mi familia sola en Argentina y, tras mi regreso, después de veintidós días, no tenía un solo peso en el bolsillo. Esa sí que fue una verdadera amargura; me duró diez años exactos. En 2004 hice una excepción cuando se jugó la Olimpiada en Mallorca y aproveché ese viaje para hacer una minigira por España, pero siempre todo lo hecho fue a puro pulmón. Imagínate que en

Calvià fui medalla de plata en el primer tablero, y dos años después, para Turín, la Federación me dijo que no podían ofrecerme ningún viático para que representara a Uruguay», recordó Rodríguez Vila, ganador de los Campeonatos Uruguayos en 2016 y 2018.

Y hay más. En 1997, el GM maestro uruguayo atravesaba uno de sus mejores momentos frente al tablero. Había conquistado la 3ª norma en el Magistral de Villa Martelli, en el que habían participado entre otros extranjeros Emil Sutovsky, Vladislav Tkachiev y Jaan Ehlvest, y algunas semanas después, en la lista de la FIDE, su nombre encabezó la lista de los mejores ajedrecistas de Sudamérica. Fue nº 1 en esta parte sur del continente. Animado, incluso viajó a jugar un abierto de Linares —ganó Akopian—, pero no tuvo un buen desempeño. «Me di cuenta de cuánto me faltaba para pelear esos torneos», reflexionó el bicampeón uruguayo.

¿La indiferencia en tu país era culpa de la Federación, dirigentes o del gobierno?

Creo que se trató de una suma de cosas. En Uruguay, salvo el fútbol, el baloncesto o alguna otra disciplina, el resto de los deportes sufren la falta de apoyo. Puede haber fallos de sus dirigentes, pero quiero rescatar una cosa: es cierto que no me dieron nada, pero tampoco me prometieron darme algo, lo que al menos dice que no jugaron con mi ilusión ni la de mi  familia.

¿Qué cosas te gustan o te atan a Uruguay?

Bueno, es mi país, mi patria. Si bien vivo hace más de veinticinco años en Argentina, hay muchas cosas, como la ciudad de Montevideo, a la que yo le guardo mis mejores afectos. El problema de Argentina y Uruguay es la mala onda de la gente, algo que no se da en Brasil, Colombia o España, lugares donde estuve algún tiempo. Acá, en el sur de América, tenemos un gran problema con las relaciones humanas.

ANDRÉS RODRÍGUEZ, EN LA ACTUALIDAD

Con cuarenta y siete años y treinta y cinco de ellos dedicados a la alta competición, el ajedrecista que divide su corazón entre Uruguay y Argentina nos contó su día a día.

«¿Qué hago? Bueno, mi fuerte es dar clases como entrenador, aunque trato de seguir jugando porque es lo que más me gusta. Me ocupo del entrenamiento, del trabajo en Alto Rendimiento. Actualmente entreno a cuatro Grandes Maestros de Argentina, y varios otros jugadores con elo incluso superior al mío. Creo que mi vida se vuelve satisfactoria entre el equilibrio de estas dos cosas. Pero tengo que trabajar mucho y duro para ser entrenador, profesor y jugador»

¿Y a cuántos jugadores entrenas?

El promedio es no menos de diez y no más de veinte. La atención profesional te demanda un tiempo importante, y entre la preparación y el armado de las clases más o menos le dedico a todo ello alrededor de cincuenta horas semanales.

¿Y alcanza para vivir?

Podría decir que se sobrevive. Me va bien (risas), sin derrochar, pero no me quejo. Pero tengo algo más interesante para contarte. Un anuncio. La primera semana de abril vamos a realizar el lanzamiento de un proyecto de trabajo de Alto Rendimiento con la Federación Mexicana de Ajedrez. La creación de la primera escuela de Alto Rendimiento. Un trabajo que incluye a quince profesores. En este proyecto estoy junto al GM mexicano Gilberto Hernández. Mi tarea será doble: profesor y coordinador. En principio arrancamos por cinco meses, con la idea de renovación. Primero con trabajo online, y después con entrenamiento presencial en Ciudad de México. Se trata de un trabajo “piramidal”, con todos los candidatos a maestros, los Maestros Internacionales y los seis mejores representantes de las categorías Sub 10, 12 y 14. Tengo mucha fe.

Se nota que conoces bastante la problemática del ajedrez sudamericano. ¿Y de la historia del ajedrez español, qué sabes?

Poco; básicamente lo que es la tradición antigua, Ruy López, la escuela española y la aparición de Pomar. De la época contemporánea, que me tocó vivir, ahí pude conocer a jugadores y procesos. Siempre fui un fanático de Shirov, que aunque no haya nacido en España representa a ese país. Tengo en claro la época de Miguel Illescas; él era muy fuerte en la época en que yo competía. Después vino la generación de Vallejo, Salgado y ahora la de los chicos que encabeza Antón. Pero de todos los mencionados sigo quedándome con Shirov porque es el que más se asemeja a mi estilo de juego.

¿Hace mucho que no viajas a España como turista o jugador?

Estar casado te hace algo más difícil querer planificar una gira de al menos tres o cuatro meses con competencias. Pero en 2019 viajé a jugar un abierto en Pontevedra. Me fue normal, estuve entre los nueve mejores, casi igual que mi preclasificación. Lo satisfactorio fue mi nivel de juego. Se trató de una invitación de un maestro uruguayo, Daniel Rivera. Aproveché para hacer algo de turismo y también para brindar algunas charlas en la Escuela de Alto Rendimiento en Pontevedra.

¿Por qué España saca jugadores como Antón, Santos u otros más?

Todo depende del color del cristal con que se mire. Si comparamos a España con cualquier país de América, es un privilegio, pero si lo hacemos con otros países europeos, es otro el cantar. Tal vez hasta me atrevería a decir que saca pocos jugadores. Menos que Alemania o Francia. Alguna vez tuve intercambio de opiniones con ajedrecistas españoles a la hora de plantear condiciones. Los ajedrecistas argentinos, como Mareco o Flores tuvieron mucho menos apoyo que ellos para crecer. Creo que hay una buena camada de jugadores, pero no espero menos de una potencia ajedrecística como España.

En América se cuestiona por qué no se puede organizar un torneo como Gibraltar o como fue en su día Linares. ¿Cuál es tu visión?

Son temas complicados para resumir en una respuesta. Lo principal pasa porque los torneos grandes son caros y  dependen de quién los apoye. Si es el Estado, por cuestiones electorales y sus cambios, se vuelve difícil porque uno, como organizador, choca contra la imprevisibilidad. Las invitaciones hay que hacerlas con un año de anticipación para que el jugador analice su agenda, y con el dinero, dependiendo del Estado, eso es imposible. Y si lo trasladas al nivel privado, peor aún. Los grandes eventos en Latinoamérica se dan por alguien en particular, por ejemplo, los Magistrales Najdorf o si hubiera un Gobierno dispuesto a apoyarlos. Es muy caro pensar acá en invitar a jugadores de élite; pensar en euros o dólares ante tantas devaluaciones y saltos económicos.

Aunque eres uruguayo y vives en Buenos Aires conoces muy bien el ajedrez argentino. ¿Qué le falta para dar un salto?

Los procesos llevan años. Son a largo plazo. La Federación Argentina es similar a la Uruguaya; se ha mejorado en años luz con anteriores procesos. Pero hay cosas que se hacen bien, otras más o menos y otras mal. Pero es normal que así sea.

Hubo muchos avances, pero ahora el ajedrez es mucho más competitivo que antes. Nunca hubo tantos profesionales en ajedrez. Antes era la URSS y el resto peleábamos en cada Mundial con una mano delante y otra atrás. Si bien Argentina hoy apoya mucho a sus jugadores, están a una distancia enorme de lo que sucede en otros países como China o Uzbekistán; incluso en St. Louis, en Estados Unidos, donde han creado escuelas donde entrenan desde muy pequeños a sus talentos. Por eso Argentina y muchos otros países de la región siguen detrás de todos ellos. Si lo que se hace hoy en Argentina hubiera sucedido hace quince años sería otra la realidad.

Los cambios en el ajedrez no solo abarcan al juego, o al entrenamiento con módulos. También cambiaron los dirigentes. ¿Cómo ves la actual gestión de Dvorkovich en la FIDE?

Me gustó el cambio; era necesario. Sé que hubo buenas intenciones porque cuando hablo con los miembros de FIDE me encantan sus ideas, pero la realidad es lo único importante, y a decir verdad a Latinoamérica nos han ninguneado. Nunca hemos estado tan mal, no se han hecho torneos, nunca hubo apoyos ni acompañamiento. Dejaron las cosas como estaban en FIDE América. Como ajedrecista me siento desamparado, nunca me he sentido tan solo en estos más de treinta años como jugador. Uno percibe que hay dos mundos: en uno está la FIDE y a miles de kilómetros aparece FIDE América, y nosotros estamos debajo de ella. Espero que esto sea solo temporal, los cambios siempre son difíciles, y reitero, aunque me gustan sus propuestas, nunca antes estuve peor que hoy.

Sobre lo sucedido en Ekaterimburgo, la suspensión del Candidatos y la posición de Radjabov. ¿Tienes alguna opinión?

Me parece que la FIDE hizo un buen intento. Hoy, con los resultados a la vista, es fácil opinar. Pero había que tomar una decisión en 10 o 15 días y era complicado. Creo que tomaron el camino razonable porque lo que está pasando con el COVID es una situación única en la historia. Era un torneo para pocos jugadores, donde se había trabajado mucho y desde hacía tiempo. No se le puede pedir a los dirigentes que sean adivinos.

Sobre el caso Radjabov uno cree que las dos partes tienen su razón. No tengo una opinión fundada pero sí me molestaron las declaraciones de algunos colegas y estoy en desacuerdo. Me parece que todavía hay gente que no entiende o no sabe lo que es un drama, porque si el problema es que no puedes abrir una ventana de tu habitación, que tienes que cambiarte a otro hotel cinco estrellas o la falta de taxis para llegar a un aeropuerto, esa gente no aprendió nada de la vida. Los dramas son otros.

¿Admiras a Magnus Carlsen?

Es un campeón fantástico. Si discutimos si es o no el mejor de la historia es solo por una cuestión de tiempo. Me gusta que esté involucrado con el ajedrez, no vive en un pedestal, trabaja si se lo requiere la FIDE, se enfrenta con su Federación en Noruega, hace comentarios en las transmisiones, … Prefiero un campeón así y no como Fischer, que su mundo terminaba con el final de cada partida.

Además de las clases, el lanzamiento de Alto Rendimiento en México, ¿tienes algún otro trabajo de difusión del ajedrez?

Sí, trabajo junto a los maestros Diego Flores y Jorge Rosito en el sitio “Ajedrez Latino”. Mi hijo Diego me acompaña también con su trabajo en informática. Se trata de una idea de varios años y que hicimos realidad en 2019; le dimos forma y lanzamos la página. El que la visite podrá tomar clases porque está orientado a la enseñanza, a la organización de torneos y a las transmisiones con comentarios. Se trata de una plataforma amplia, donde la vida de la gente que trabaja pasa por el ajedrez. En estos meses fuimos creciendo y apuntamos más alto, queremos ser más completos.

¿Algún recuerdo especial con el ajedrez que te haya marcado? Disfruté mucho en mis enfrentamientos con Bent Larsen y Oscar Panno, sin duda, un monstruo, un Gran Maestro con todas las letras, pero me faltó jugar con los mejores de la época dorada del ajedrez. Pero lo más lindo que me pasó fue jugar la Copa del Mundo en el Caesar Palace, en Las Vegas, en 1999. Aquel lugar y sus condiciones fueron un paraíso para mí.

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